El desarrollo de la conciencia político-social de Sandino


Es una creencia generalizada que su permanencia en México permitió a Augusto Calderón Sandino el despertar de su espíritu revolucionario y patriótico. Se ha afirmado: “Es en Tampico donde todo biógrafo debe buscar el origen de su lucha posterior”. 

Por Alfonsa Goicoechea

 Lo anterior hace referencia al aprendizaje político que él alcanzó en el marco de sus labores durante algunos años como mecánico, operador de taladros petroleros, tornero, etc., en las petroleras estadounidenses de la Huasteca Petroleum Company, en Yucatán, Veracruz y Tampico, en Sur Oriente mexicano, cuya población en particular por esa época hervía de fervor patriótico y toma de posiciones políticas ante las pretensiones de apropiación forzosa y fraudulenta de los pozos petroleros por parte de los empresarios y políticos yanquis.

No obstante, reflexionando sobre los hechos ante las evidencias históricas y el testimonio del héroe, se puede concluir que la afirmación antes señalada es, más bien, incompleta.

Su recorrido por Centroamérica

En efecto, es sabido que en 1921, cuando Sandino tenía 26 años de edad, es decir, ya era un hombre hecho y derecho como se dice popularmente, debido a problemas personales se vio obligado a abandonar Nicaragua. La rudeza y las inclemencias que debió pasar desde muy niño ya habían forjado en él un carácter fuerte y luchador, seguro de sí mismo y muy claro de su posición ante la vida, como veremos más adelante.

Siguiendo su recorrido encontramos que al paso por Honduras se empleó ese mismo año en el norteño puerto La Ceiba como guardaalmacén de mecánica del ingenio “Montecristo”. Al año siguiente se encuentra en Guatemala trabajando como mecánico en los talleres de la United Fruit Company, en Quiringuá. En 1923 se traslada a México donde consigue emplearse como se ha referido anteriormente.

La breve descripción de su itinerario es relevante para conocer y contrastar su experiencia como obrero asalariado, muy diferente a las actividades que desarrolló en el pasado en su pueblo de origen, dentro de la dinámica social como próspero comerciante de productos agrícolas al servicio de su padre y después con su negocio propio, con plena autonomía de decisión.

Ciertamente la experiencia vivida en otros países de América Central y en los campos petroleros mexicanos sirvió a Sandino como una escuela sociopolítica y sindical que le permitió dimensionar con mayor precisión la explotación y el maltrato sufridos por el pueblo nicaragüense y en carne propia durante su vida previa. Si atendemos con cuidado a las palabras del héroe, sabremos que en realidad, su experiencia vital fue desde su infancia el inicio de su aprendizaje sobre la rudeza de las desigualdades sociales, la discriminación y de la explotación, de las que desde muy niño ya era consciente.

La niñez de Sandino

Sandino refiere lo siguiente al periodista José Román sobre su niñez: “Mi madre se llama Margarita Calderón y era una persona empleada en la finca de mi padre. Soy pues, un hijo del amor o un bastardo, según los convencionalismos sociales. Mi padre, después de venido yo al mundo, se olvidó de la que había sido la madre de su primer hijo, porque era una peona campesina y se casó con doña América Tiffer, una burguesoide provinciana”.

Continúa relatando Sandino: “De modo que abrí los ojos en la miseria y fui creciendo en la miseria, aun sin los menesteres más esenciales para un niño y mientras mi madre cortaba café, yo quedaba abandonado. Desde que pude andar lo hice en los cafetales, ayudando a mi madre a llenar la cesta para ganar unos centavos. Mal vestido y peor alimentado en aquellas frías cordilleras. Así es como fui creciendo, o quizá por eso es que no crecí. Cuando no era el café, era el trigo, el maíz u otros cereales los que nos mandaban a recolectar, con sueldos tan mínimos y tareas tan rudas que la existencia nos era un dolor ¡un verdadero dolor! Y aun así, para poder trabajar teníamos que sacar unas matrículas que mi madre y yo nunca terminábamos de amortizar. Además, tomo en consideración que mi madre con frecuencia daba a luz, lo que agravaba más nuestra situación. Créame, es horrible recordarlo, pero es la pura verdad.

Hubo veces en que para poder comer tuvimos que empeñar cualquier baratija por unos cuantos centavos. Y hubo días, en realidad muchísimos días, en que estando mi madre postrada, haya tenido yo que salir de noche a robar en las plantaciones para no dejarla morirse de hambre. Y así seguí creciendo, enfrentándome en lucha feroz y tenaz contra la vida cruel y despiadada y contra designios de la fatalidad. Dichosamente, la naturaleza me había dotado de reflexión y voluntad… Empezaba yo prematuramente a ser consciente de la gran tragedia de mi vida que roía lo más íntimo de mis entrañas con la realidad de una terrible miseria. Miseria e impotencia, a mis tiernos años. Con mi padre, no contaba en absoluto, y a mi madre, más bien yo la tenía que mantener.

Cuando por casualidad mi medio hermano Sócrates me encontraba en la calle, me regalaba alguna ropa vieja con la que cambiaba mis harapos. Al comparar la situación de mi hermano con la mía, me indignaban las injusticias de la vida. Aunque yo era muy trabajador, ¿qué podía ganar una criatura menor de diez años en un lugar en donde los sueldos de los mayores eran solo unos centavos diarios? Estaba yo en una época de la vida en que se necesitaban, ya no digamos las cosas más elementales para la comodidad del cuerpo, sino, lo que es aún más esencial, el calor de un hogar para la tranquilidad espiritual y la formación del carácter y la personalidad. Yo carecía de ambos y lo peor es que me daba cuenta de la situación”.

Sigue refiriendo Sandino el testimonio de su infancia:

“Ahora Román, le voy a contar un detalle concreto que nunca olvidaré. Sucedió algo terrible que agravó más mi vida: Trabajábamos mi madre y yo en una finca del alcalde del pueblo, siendo mi padre el juez. Ella había recibido un anticipo de unos pocos pesos, pero como le ofrecieron pagar mejor en otro cafetal, resolvió aceptar para pagar más pronto su deuda, pero el señor alcalde, temeroso de perder su anticipo, dio orden de captura contra ella. Y así, una buena tarde aparecieron unos soldados y nos metieron a la cárcel. El disgusto y el maltrato brutal produjeron a mi madre un aborto que le ocasionó una copiosa hemorragia, casi mortal. Y a mí, solo, me tocó asistirla. ¡Íngrimo! En aquella fría prisión antihigiénica del pueblo. Al mismo tiempo que se me revelaban secretos biológicos para mí ignorados hasta entonces, pues apenas había cumplido nueve años de edad, los lamentos y el estado mortal de mi madre rebalsaron mi indignación y aunque solo era, un niño, ya dormida mi madre, insomne me acosté a su lado en aquél suelo sanguinolento y pensé en mil atrocidades y venganzas feroces, pero dándome cuenta de mi impotencia, recuerdo vívidamente, cómo reflexioné con filosofía infantil: ¿Por qué Dios será así? ¿Por qué dirán que la autoridad es el brazo de la ley? ¿Y qué es la tal ley? ¿Si la ley es la voz de Dios para proteger al pueblo, como dice el cura, entonces la autoridad, por qué en vez de ayudarnos a nosotros los pobres favorece al zángano?

Y es lo cierto que pudiendo haber sido un vago y criminal, decidí ser gente, decidí llegar a ser alguien. Bueno, es el caso que un día, hambriento, haraposo y acarreando unos paquetes para ganarme unos centavos, me encontré por casualidad con mi señor padre en la calle. Puse los paquetes en el suelo, me arrimé a él y le interpelé llorando, pero enérgicamente: Óigame señor ¿soy su hijo o no? Y mi padre contestó: Si, hijo, yo soy tu padre. Entonces le repliqué: Señor, si yo soy su hijo ¿por qué no me trata usted como trata a Sócrates? Al viejo se le salieron las lágrimas. Me levantó hasta su pecho. Me besó y me abrazó fuerte y largo… Y me llevó a su casa… Iba yo a cumplir once años”.

Acicate para superar la adversidad

Los pasajes anteriores son evidencia de la conciencia clara sobre su dignidad humana intrínseca, sobre las desigualdades de su entorno social y de un carácter resuelto para reclamar por sus derechos como persona y como hijo. Contrariamente a los efectos psicológicos que se pudieran esperar sobre el carácter de una persona sometida desde la tierna infancia al maltrato y la injusticia, en Sandino fueron más bien acicate para forjarse como luchador valiente y sobreponerse a la adversidad, y llegar a ser el guía y líder de un pueblo en la defensa de su soberanía y autodeterminación.

Sobre su permanencia en la casa paterna menciona Sandino: “A pesar de mi corta edad, por mi laboriosidad y trato fino, pronto me hice indispensable en el hogar paterno”. Hay que decir que la esposa de su padre aprovechaba toda oportunidad para maltratarlo, discriminarlo y relegarlo con la servidumbre de su casa, debido su origen campesino y su condición de hijo bastardo, a pesar de su inteligencia innata y de las excepcionales cualidades del muchacho como organizador de los negocios paternos a los que imprimió mucho éxito financiero.

El relato de un incidente escolar en su vida de niño refleja el carácter determinado y luchador del que estaba dotado para alcanzar sus metas personales: una compañerita suya que atraía las miradas del muchacho para atormentarlo porque no sabía leer, le presentó un libro con la petición de hacerlo para ella. “Mi primer impulso fue confesar mi ignorancia, pero disimulé con cualquier pretexto y me salvé de la vergüenza. Al llegar a casa me propuse jamás volverme a ver en tal aprieto y me dediqué a estudiar con una tenacidad terca y sin jactancia; al poco tiempo era uno de los alumnos más aprovechados de la escuela. Seguía estudioso y a medida que crecía ayudaba más a mi padre en el manejo de sus negocios”. Recordemos que dos años antes del nacimiento de Sandino, el general José Santos Zelaya, a la cabeza de la revolución liberal triunfante, había terminado con treinta años de gobiernos conservadores; una de sus ordenanzas fue establecer la educación pública obligatoria.

El General Benjamín Zeledón

En su experiencia de vida a Sandino también le aleccionó la situación vergonzosa de su país bajo la intervención de los Estados Unidos sufrida desde 1909 con el derrocamiento del presidente nacionalista José Santos Zelaya mediante injerencia directa con pretensiones de apropiarse de nuestro territorio para construir el canal interoceánico bajo su control. El abogado y diplomático liberal, destacado funcionario en varios cargos del gobierno derrocado, Benjamín Zeledón Rodríguez, se atrinchera en el Coyotepe cuando comprende que la verdadera lucha es contra el gobierno de Estados Unidos. Sufre terriblemente sitiado por los ataques de la artillería enemiga y la falta de lo mínimo para la alimentación de sus pocas fuerzas, pero se niega a rendirse a pesar de los ruegos de su suegro.

Para expulsarlo de sus trincheras, los gringos recurren al incendio de la ciudad de Masaya y sus alrededores. Zeledón escapa, pero es herido yendo de camino hacia Jinotepe para conseguir refuerzos y es asesinado el cuatro de octubre de 1912. Sandino a los escasos 17 años de edad fue testigo presencial de la brutalidad de las fuerzas sanguinarias de ocupación de los Estados Unidos, responsables junto con los conservadores del asesinato del patriota general Benjamín Zeledón, cuyo cadáver humillado y escarnecido el adolescente vio arrastrar en la vía pública, como advertencia para cualquiera que osara imitar su rebeldía.

La gesta de Sandino es heredera y continuadora de la lucha de Zeledón, por su carácter nacionalista ambas abandonan la tónica de las egoístas y estériles pugnas entreguistas inter oligárquicas de liberales y conservadores. Aun a costa de sus vidas ambos héroes encauzan sus luchas en contra de las fuerzas de ocupación y exigen su expulsión, meta que Sandino logró en una guerra desigual y desproporcionada el 1 de enero de 1933.

La infame traición de Chamorro

Por los efectos políticos, sociales y económicos en la vida soberana de la nación nicaragüense sometida a la depredación gringa, otro elemento digno de mención en esta secuencia de eventos fue la imposición a Nicaragua del infame Tratado Chamorro Bryan, que la clase política nicaragüense entreguista suscribió en 1914 por medio del traidor Emiliano Chamorro Vargas. En virtud del tratado, el gobierno nicaragüense se comprometió a entregar al de Estados Unidos “los derechos exclusivos de propiedad que sean necesarios y convenientes para la construcción de un canal interoceánico por la vía del Río San Juan y del Gran Lago de Nicaragua, o por cualquier otra ruta sobre territorio nicaragüense”, a perpetuidad y libres de cualquier tipo de impuestos, más las dos islas de Corn Island y el golfo de Fonseca. En los puntos geográficos de ambas costas marítimas, el gobierno yanki pretendía construir bases militares. El suelo nacional quedó enajenado y afrentado. Es necesario subrayar que la suscripción del tratado causó una profunda conmoción y protestas formales de los países vecinos que se extendieron a toda Centroamérica y más allá.

El senador Borah expresó en sesión pública del Congreso estadounidense: “Hicimos un importantísimo Tratado con un pueblo en tal desamparo, un pueblo bajo nuestra dominación militar. El almirante norteamericano que tenía a su cargo los asuntos de Nicaragua, declaró en una investigación realizada por este Congreso que si al pueblo de Nicaragua se le hubiera permitido expresar libremente su opinión, el ochenta por ciento de ellos, a su juicio, se hubiera opuesto al Tratado tal como le fue sometido”. Varios otros senadores declararon en el mismo sentido manifestando su vergüenza por los actos de su gobierno en suelo extranjero sometido a ocupación militar.

Sandino continúa relatando que en 1926 había resuelto regresar a Nicaragua aprovechando sus ahorros para contraer nupcias con su prima Mercedes y para dedicarse al comercio en Managua. “Con tales proyectos en la cabeza sucedió un incidente, al parecer insignificante, pero que otra vez alteró el rumbo de mi vida y esta vez en forma trascendental: Era comienzos de 1926 y acababa de iniciarse el primer movimiento revolucionario [de los liberales en contra del gobierno conservador] en la costa atlántica de Nicaragua, encabezado por Beltrán Sandoval. Una noche en un restaurante, leyendo con unos amigos los cables de la prensa diaria, manifesté ciertos deseos de volver a Nicaragua a pelear por mi partido, abanderado entonces del anti-imperialismo, pero un mexicano que estaba muy tomado de licor me dijo:

-No, compadre ¡qué se va a ir usted! Los nicaragüenses son una bola de vende patrias. Aquí está usted bien ¡qué chingados! Siga haciendo dinero.

Que me achacaran de vendepatria, aunque fuera un borracho el que lo hacía, eso sí era culpa mía y de todos los nicaragüenses faltos de patriotismo. Y en verdad por culpa del Tratado Chamorro Bryan, a los nicaragüenses nos llaman vende patrias”.

Moncada, el otro traidor

Sandino regresó al país, donde con otros obreros y campesinos patriotas se integró a la lucha bajo las órdenes de José María Moncada, quien bien pronto demostró su interés en satisfacer sus bajos instintos y sus intereses personales, incluso organizó maniobras para hacerlo caer en una emboscada en la que el héroe debió haber muerto. Moncada traicionó a las fuerzas liberales, se alió con los conservadores, y del 3 al 10 de mayo de 1927 participó en las pláticas de paz en Tipitapa que culminaron con la firma del igualmente vergonzoso y perverso Pacto del Espino Negro. También consiguió que los gringos lo aceptaran y lo apoyaran como candidato a la presidencia en las elecciones de 1928.

Moncada anuló así al presidente Juan Bautista Sacasa, traicionó la revolución liberal que combatía a los conservadores entreguistas y a todos los que creían en el patriotismo nicaragüense. Moncada sostuvo que así convenía porque era una absoluta ridiculez, una quijotada, oponerse a la Marina de los Estados Unidos y le habló a su Estado Mayor con estas tristes palabras: “Yo no tengo deseos de inmortalidad, es decir, no quiero ser héroe. No quiero ser un Benjamín Zeledón. Ya estoy viejo y si puedo vivir unos años más, cuanto mejor. Les digo esto en cuanto a la imposición americana, o sea, que yo no iría a una lucha sin ninguna finalidad contra el ejército americano, por lo desastroso que sería para nuestro ejército y para el país en general…”.

Recordemos que uno de los puntos del aberrante Pacto del Espino Negro es la creación de la genocida Guardia Nacional, con el nombre inicial de la Constabularia, bajo el mando de Anastasio Somoza García. Fue la ejecutora de la orden de asesinar a Sandino y por 45 años persiguió y atormentó y asesinó al pueblo nicaragüense. Hay que recalcar que la GN fue el mecanismo establecido por el filibustero invasor para cumplir sus planes de dominación, pero evitándose las pérdidas materiales, bajas personales y derrotas que para su vergüenza le venía causando el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional.

Un detalle poco conocido, pero digno de mención para valorar la filosofía con que se manejaba la cosa púbica en esa época, es que el año siguiente de su constitución ese cuerpo castrense ya había consumido su financiamiento inicial; curiosamente y sin dar explicaciones, los fondos destinados para Educación Pública en el Presupuesto General de la República fueron reducidos en la misma cantidad a que ascendía el déficit.

Al enterarse del rumbo que tomó a situación nacional después de los eventos de El Espino Negro, Sandino se declaró en rebeldía ante los indignantes y deshonrosos acuerdos entreguistas, y con un puñado de obreros y campesinos se internó en la zona montañosa del Norte nicaragüense en una lucha desigual en contra de la potencia militar más grande de la época donde con su gente padeció incontables limitaciones y penurias, pero logró por fin el cumplimiento de su objetivo de expulsar al invasor ante la mirada de asombro y de admiración del mundo entero.

Visionario y ejemplar

Vistos los elementos analizados, realmente es muy difícil creer que bastaron escasos tres años de permanencia en México para que Sandino tomara conciencia plena de la gravedad de la situación político social imperante en Nicaragua por décadas, como para sacar fuerzas suficientes a fin de emprender tal cruzada. El general Sandino sabía que en esa campaña su muerte a manos del yanqui invasor estaba segura; fue una guerra sin cuartel de seis años de duración con acciones militares, políticas, diplomáticas, de comunicación y propaganda en contra de la potencia militar y económica más grande del mundo en su época y bajo las más difíciles condiciones materiales. Su carácter, su personalidad, su sicología y las penurias que sufrió, el pueblo humillado y los combatientes que le acompañaron, le permitieron identificar las condiciones de la realidad para combatirlas.

En su cuartel en plena montaña, Sandino mantenía copiosa correspondencia con personalidades y organismos revolucionarios de todo el mundo; también recibía periódicos y todo tipo de material impreso los cuales leía con atención y cuidado. Estaba muy bien informado de la historia de lucha de los pueblos latinoamericanos originarios y de la gesta de otros combatientes por la liberación y de la formulación de los proyectos para la vida soberana y libre de sus países. Simón Bolívar, por ejemplo, ocupó un lugar muy importante en sus reflexiones.

Sí, la permanencia de Sandino en el país del Norte le sirvió para estudiar mejor la teoría política y filosófica a fin de sustentar y ordenar mejor, no solamente su campaña, sino también sus proyectos diplomáticos, políticos, económicos y culturales a realizar después de la liberación de su Patria del yanqui invasor.

Todo lo expuesto constituye un magnífico bagaje para nutrir tan magna gesta que aún hoy nos admira, nos enorgullece y nos compromete a los nicaragüenses. Nicaragua entera goza de los frutos de su pensamiento y de su obra a 88 años del cobarde asesinato cometido contra él y sus tropas.

El pensamiento del General de Hombres y Mujeres libres ha cobrado cuerpo en el Programa Histórico del FSLN que ya lleva más de 50 años de vigencia, se perfecciona y se materializa cotidianamente en el mejoramiento de las condiciones de vida de nuestro pueblo que sigue defendiendo su soberanía y autodeterminación.

¡Patria y Libertad!

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