En 1984 “El Tayacán”, semanario de circulación nacional, que proyectaba la participación cristiana revolucionaria en la Revolución publicó un especial escrito por el padre Teófilo Cabestrero dedicado al matrimonio entre María Eugenia García, conocida como Mary, y Felipe Barreda, asesinados a principios de 1983 con especial crueldad y sadismo por la contrarrevolución creada por Estados Unidos. Fueron secuestrados en los cortes de café, torturados y asesinados sin piedad alguna en su campamento del sur de Honduras.
Por Radio La Primerísima
El padre Cabestrero incluyó el testimonio de Mary tomado de la agenda que llevó en el último año de su vida, «escrito a mano, con la inconfundible letra de Mary, en una hoja que tiene mimeografiado el “Himno, Veni Creator Spiritus” a dos columnas, en latín y en castellano. Mary empezó a escribir detrás, en la página que quedaba en blanco, pero como su letra es grande, no terminó en esa página y escribe en los huecos blancos que dejan las estrofas del Veni Creator Spiritus».
«¿Por qué soy revolucionaria?»
El escrito de Mary es el siguiente:
«Desde que yo di el primer Si al Señor, he creído seguir sus pasos en el Evangelio, dar de comer al que tiene hambre, vestir al desnudo, soltar las amarras de opresión, buscar una sociedad más justa.
¿Por qué soy revolucionaria? Porque creo que esas metas son las metas que yo he querido siempre, que esa opción preferencial por los pobres se conjuga en el bienestar de las mayorías. Creo que esta revolución nuestra de hoy no es el ideal de la sociedad, pero si un paso, un peldaño para seguir perfeccionando esta sociedad. Y que si no hago nada dentro de este proceso, ¿en qué puedo beneficiar a esos pobres de la opción preferencial por los pobres? ¿En qué puede beneficiar que nosotros nos crucemos de brazos cómodamente, que neguemos nuestra obligación de cristianos de predicar la Buena Nueva?
El Señor nos manda a los cristianos a ser sal, a ser luz, a ser fermento. No todo el mundo puede ser cristianos como nosotros, es imposible y estoy segura de que el Señor lo sabe porque Él sabía que no podía todo el mundo ser luz, ser sal, ser fermento del mundo.
La construcción del Reino no se hará sola, necesita de conductores que nosotros debemos ser. Y esta etapa, este peldaño será imperfecto, siempre tendrá fallas. Pero, lo importante es que nuestro grano de arena sea puesto con todo nuestro amor a la humanidad que es lo que potencia nuestra acción”.
Cuando nosotros comenzamos a colaborar con el Frente, sentíamos que esa era ya la única solución, que Nicaragua tenía para su liberación, pues nosotros como cristianos ya sentíamos que era mentira que cambiáramos nada con nuestras prácticas ya que sólo andábamos poniendo parches. Sabíamos que sin un cambio de estructuras no podríamos actuar eficazmente, de modo que después de mucho pedirle al Señor su luz, nos pusimos a colaborar.
Esta experiencia es para nosotros lo más valioso en nuestra vida de cristianos, pues estábamos conscientes de que en el mejor de los casos la muerte nos acechaba continuamente, la sentíamos que nos rondaba. De modo que en cada trabajo que salíamos a hacer, meditábamos y nos preparábamos por si no regresábamos más; nosotros no pensábamos que íbamos a salir bien o mal, simplemente sentíamos que si no actuábamos de esa manera estábamos traicionando al Señor y a nuestras conciencias.
Pero había algo maravilloso en todo este trabajo, y era sentir cómo el Señor nos daba su fuerza y su seguridad y entonces comprendíamos que era eso la fe. Descubrimos que fe no era esperar del Señor que nos concediera milagrosamente todo lo que le pedíamos o sentir la seguridad de que no nos iban a matar, de que las cosas salieran a como nosotros queríamos. Supimos que fe era cumplir la voluntad del Señor ponerse en sus manos suceda lo que suceda, bueno o malo. Él nos dará su auxilio en alguna forMaría Y así, cuando Fili (Felipe, el hijo mayor, fallecido el 8 de agosto de 2021) cayó preso, nosotros sentimos cómo él estuvo siempre a nuestro lado y al de él. Y sentimos que era su fuerza, su amor, lo que hizo que no enloqueciéramos».

Cristianos y revolucionarios
Cuando fueron asesinados Felipe tenía 52 años, y María Eugenia, 50; tenían 31 años de casados. Tuvieron 6 hijos: Felipe, Mario, Sandra, Indiana, Ana y Victoria. Dentro de la empobrecida estructura social de Nicaragua eran personas acomodadas. Él, tenía una joyería y relojería Edox que era como un referente en el norte.
Cristianos profundamente comprometidos con el catolicismo, creyentes y seguidores del camino de Cristo por más de 15 años, a partir de un cursillo de Cristiandad se incorporaron al servicio evangelizador de la Diócesis de Estelí realizando diversos trabajos, siendo más intensivo como dirigentes y rectores de cursillos de cristiandad, encuentros matrimoniales y Comunidades Eclesiales de Base.
A partir de 1979, Felipe participa en las asambleas diocesanas, llegando a ocupar un lugar en el Consejo de Pastoral Diocesano, trabaja intensamente en la renovación de los Cursillos de Cristiandad y en el Equipo de Educación Popular.
Hasta 1968, su cristianismo era muy tradicional. En ese año, la asistencia a un Cursillo de Cristiandad les hizo cambiar. El cambio de los Barreda coincide en el tiempo con el que vivió toda la Iglesia Latinoamericana. Un cambio en el que la lucha por la justicia y la opción por los pobres son privilegiadas expresiones de la fe.
Llevar la palabra de Dios a los barrios y comunidades recónditas y empobrecidas les hizo ver de cerca las injusticias sociales que vivía el pueblo nicaragüense producto de aquella Dictadura Somocista en la que los ricos cada día eran más ricos y los pobres más pobres, en la que los jóvenes tenían la vida sentenciada por la genocida Guardia Somocista por soñar con la libertad de la Patria.
Decidieron en aquel momento hacer propio el pensamiento: “Entre cristianismo y Revolución no hay contradicción”, se integraron a la lucha en los días más difíciles y les tocó pasar un verdadero calvario por amor al pueblo. Al inicio, como cristianos, tuvieron dudas acerca de la lucha armada, pero llegaron a la conclusión de que la revolución no debía hacerse sin los cristianos, y que ellos tenían el deber de integrarse a ella.
En los años 70 se involucraron como colaboradores del Frente Sandinista en comités barriales y en las Comunidades Cristianas en la ciudad de Estelí, llegando a hipotecar sus propios bienes para financiar la causa. Debido al carácter conspirativo de la lucha, muy poca gente fuera de las estructuras de dirección conocía los aportes de los Barreda a la Revolución.
Los Barreda servían de correo, guardaban y distribuían material de propaganda; escondían armas y su vivienda era una importante casa de seguridad donde, incluso sin que lo supieran sus propios hijos, se escondieron muchos guerrilleros, entre ellos Omar Cabezas, Bayardo Arce, José Benito Escobar, entre muchos guerrilleros clandestinos.

«No quisieron separarse y se los llevó la Guardia»
Narra el padre Cabestrero:
En Estelí me llevaron a ver a una mujer que había ido a los cortes de café con María Eugenia y Felipe. Me aseguraron que ella tenía un excelente testimonio. No sé a dónde fuimos, era de noche y aquellas calles tenían poco alumbrado. Entramos a un patio vacío, con suelo de barro y paredes de tablas viejas. Tan sólo había un pizarrón grande de tabla, verde y gastado, y una mesa que se nos cayó porque tenía una pata rota. La arrimamos a la pared y en ellas nos acomodamos en un rincón del patio. Había poca luz. Sabía que estaba en casa pobre, ante una mujer sencilla, bajita, de cara redonda y pelo recogido”.
– “Mi nombre es Alicia Huete Díaz. Soy de aquí de Estelí. Trabajo en el Centro de Salud Leonel Rugama y tengo seis hijos. Yo estaba en el corte de café con doña Mary y don Felipe cuando los secuestraron”.
Alicia hablaba con dulzura. Vi en su cara una cicatriz enorme, como de piel quemada, violácea, que le cubría casi medio rostro. “Es de nacimiento”, me dijo sin eludir mi mirada.
A doña Mary y a don Felipe los conocía hace mucho tiempo.
“De don Felipe recuerdo que una vez fuimos a vacunar juntos al barrio donde él vivía. Fuimos a una vacunación popular de antipolio. Anduvimos, casa por casa, en todo el barrio. Yo le decía, “don Felipe, a esa casa cómo haremos para entrar?” “Espérate”, decía él, “vamos a entrar con facilidad”. Y lo conseguía de una manera familiar con sus chistes. Y entrábamos y vacunábamos a todos los niños que había en la casa. Con él todo era fácil. Y de doña Mary recuerdo que llegó a darnos una charla sobre religión al Centro de Salud y fue muy lindo, quedamos encantadas de su fe en Cristo y de la manera en que nos habló.
– ¿Qué sucedió en los cortes de café?
Cuando nosotros fuimos a cortar café, íbamos decididos a ir a cualquier lugar de Nicaragua a prestar ese servicio a la revolución. Usted sabe que levantar la cosecha de café es muy importante para nuestra economía, para sacar adelante nuestro pobre pueblo. Íbamos decididos a ir a cualquier lugar, aunque hubiera peligros.
Fuimos primeramente a la UPE (finca propiedad del Estado, confiscada a los somocistas) de Oro Verde. Eso fue el 24 de diciembre. Esa misma noche uno de los compañeros responsables nos dijo que si estábamos dispuestos a seguir más adelante, porque se nos necesitaba. Entonces doña Mary y don Felipe fueron los primeros en levantarse y decir que sí, que ellos estaban dispuestos a ir adonde se les necesitase. Así que al verlos a ellos tan decididos a su edad, todos decidimos ir adonde fuera.
No vamos a retroceder
Llegamos a la UPE de El Amparo. Ahí nos estuvimos dos días. Al siguiente día nos volvieron a decir que nos necesitaban en otro lugar y todo e! grupo decidimos ir. Y cuando llegamos a un punto que se llama Ural, ahí acampamos porque el camino era muy estrecho y muy trabajoso. Ya de ahí no podíamos seguir todos en la camioneta. A doña Mary le agarró un acceso de tos. Habíamos caminado un trecho a pie sobre un camino muy trabajoso. Entonces yo me arrimé y le di agua y le dije: “doña Mary, ¿por qué no se regresa?” “Mira hija”, me dice, “yo estoy decidida a llegar hasta donde vayamos, porque la misión mía y de Felipe ahora es cortar café, así es que yo no me voy a regresar”.
Entonces me dirigí a don Felipe: “vaya a convencer a doña Mary de que se regrese de aquí para Estelí”.
“Mira, mi hija, eso es tan difícil como que me digas que yo me regrese también. Mary va seguir aunque yo no siga, así que no la voy a convencer y no le sigas diciendo nada porque no va a retroceder”.
Bueno, seguimos el camino hasta que llegamos a la hacienda Agronica, que era nuestro objetivo, a Wuambuco. Esa noche, como a tas 5 de la tarde, nos pusimos a rezar el Rosario, tres de las compañeras que trabajamos en el Centro de Salud, Amanda, Nora, Lidia y yo. Nos pusimos a rezar casi en silencio, en voz muy bajita.
No invitamos a rezar a doña Mary porque la vimos que estaba muy cansada. Pero no nos percatamos de que ella nos estaba viendo. Se acerca cuando yo estoy rezando y me dice “está bueno Alicia que no me invitaste a rezar el Rosario”. Entonces le digo yo, “no doña Mary, yo creía que usted estaba muy cansada, creía que usted quería descansar”. “No hija”: me dice, “para esas cosas uno no se cansa”.
Y cuando terminamos de rezar el Rosario, me dice, “vamos a rezar el Salmo 91. “Doña Mary”, le digo, “yo no veo sin anteojos y es muy oscuro”. Entonces me dice, “pone a una de las muchachas que lo lea” Entonces sacamos una Biblia chiquita que me había regalado una de las compañeras y otra Biblia que andaba un compañero, el Doctor… (¡ay! Ya se me olvidó el nombre).
La cosa es que nos pusimos a rezar el salmo y cuando terminamos, dice doña Mary: “mañana no nos vamos a poner a rezar aquí delante de esos hombres, porque no les gusta rezar, fíjate que no escuchan el Rosario, no contestan ni nada. Lo vamos a rezar nosotras sólitas afuera”.
No los dejaré solos
En la mañana, que ya nos levantamos para ir a cortar caté, estábamos en el balcón de la casa de la UPE cuando, como a las 7, yo miro que van tres compañeros subiendo el cerro para Estelí y digo a doña Mary: “¿Y aquella gente por qué se va?” “Mira”, me dice, “es que van de viaje mi nuera y la hija de Perfecta y la hermanita de mi nuera”. “Doña Mary”, le digo, “pero usted bien se puede ir con ellos”. “No hija”, dice, “de aquí vamos a salir todos juntos o no sabemos quiénes van a salir de aquí, pero yo lo que sé es que no les dejo a ustedes solos aquí, así que olvídate si vos pensás que voy a estar dispuesta a dejarlos, hasta el último momento nos vamos a ir todos juntos”.
Cuando estábamos para tomar el desayuno, me dice don Felipe: “Alicia, ¿no andás unas pastillitas ahí?, que estoy con gripe”. “¿Cómo no?”, le digo, “se las voy a buscar”. Y vos Mary”, le dice don Felipe, “no vayas a cortar café porque te miro que estás mal”. “Olvídate”, le dice ella, “ya dije que venía a cortar café no venía a temperar”. Entonces vino el compañero Danilo y también le dijo a doña Mary que no fuera, que se quedara mejor en la cocina. Y ella le dijo que no.
Hasta se disgustó y dijo que ella iba a cortar café y no a estar de balde. La cosa es que nos fuimos a cortar café. Cuando nosotros estamos cortando café, ya como a las 9 de la mañana, se fueron unos de los compañeros más adelante para ver aquel sitio en qué condiciones estaba, a ver si estaba tranquilo, porque sabíamos que podían andar bandas de contrarrevolucionarios. Pero no hicieron nada. Entonces nosotros seguimos cortando café.
Pero, a las 11 en punto, baja uno de los compañeros en carrera y dice: “¡Bajen, bajen de inmediato que viene la contra!” Cuando nosotros nos acercamos a la casa de la UPE, empiezan los primeros disparos. Entonces dona Mary se vuelve en carrera para arriba diciendo “¿y Felipe? ¿qué se hizo?” “Ahí viene, doña Mary, regrésese!” “No”, me dice, “yo quiero ver a Felipe, que no le pase nada”. “Vamos doña Mary, regrésese!” “La convencimos y se regresó.
Los compañeros responsables nos dicen entonces que dejemos todo y que nos vayamos, que salgamos de aquel abismo porque hay peligro. Entonces mismo empezó ia balacera por todos lados, estábamos rodeados desde lo alto por los Guardias que nos disparaban. Nosotros vamos huyendo, alguien nos va guiando.
Pero ahí, el que corría escapaba, los más jóvenes corrían más y nos fuimos quedando atrás como diez personas, íbamos cerro arriba. Unos guindos enormes y toda clase de zarzas, sólo montarascales donde no había ni camino ni paso, lo íbamos abriendo nosotros.
Cuando ya habíamos caminado tal vez 6 u 8 kilómetros, yo miro y veo que sólo quedamos atrás cuatro: doña Mary, don Felipe, Humberto Pérez y yo. Cuando ya la balacera la sentimos más cerquitita, le digo yo: “doña Mary, hagamos un descanso, paremos”. “No hija”, me dice, “si nos paramos nos van a agarrar más rápido”.
En eso yo oigo como un grito abajo, un grito que viene del abismo, de donde habíamos trepado, y le digo a Humberto: “Humberto, ¿no escuchó un grito abajo del abismo?” “No escuché nada”, me dice, “ha de ser algún contra que viene detrás de nosotros”. Pero yo sentí como que gritó la contraseña que teníamos la noche anterior, que era “Ernesto” y nosotros debíamos contestar “Che”. “Son ilusiones que está oyendo usted”, me dice. Pero, oí otra vez yo el grito, pedían auxilio.
Ese fue el testimonio de Alicia Huete Díaz, publicado por el Padre Cabestrero.
El secuestro de Mary y Felipe
“Humberto, yo me voy a regresar”. “¡No haga eso!”, me dice, “no se regrese”. Y le digo a don Felipe: “don Felipe, usted que va para arriba, ¿no escuchó otro grito abajo?” “No”, me dice, “vámonos, sigamos”. Pero yo no me convencí y paré. Cuando escucho el grito la tercera vez, oí exactita la voz del doctor Ulises González (este es el nombre que no recordé antes).
“Es el doctor que no puede trepar este cerro, viene fracturado. Me regreso, si ustedes quieren me esperan aquí o vean qué hacen”. Y me regresé. Cuando llego abajo, estaban dos compañeros. Entonces les di la mano, trepamos arriba, y cuando ya llegarnos al lugar por donde supuestamente estaban don Felipe y doña Mary, ya sólo estaba Humberto Y le digo: “Humberto, ¿y don Felipe y doña Mary?” “Figúrese que por estar embelesado, viéndola a usted regresarse, ¡qué osadía la suya!, los perdí y no sé para dónde agarraron”.
No había paso hacia donde ellos supuestamente habían ido, porque era un zacatal elevado que lo tapaba a uno y no había pisadas. “Bueno”, le digo yo, “¿ahora por dónde agarramos? ¿tiramos aquí recto o hacia el sur?” Y agarramos recto. Parece que ellos agarraron sesgados y fueron a salir directamente donde estaba un foco de contras.
Cuando nosotros salimos a la carretera, empiezan a dispararnos. Nos estaban mirando desde arriba. Estaban con una 60 y empiezan a bañarnos en plomo. Nosotros ahí nos hicimos colocho los que salimos, que éramos cuatro, tres varones y yo. Ya estaba el traqueteo en lo fino y sólo estaban tres compañeros, la mayoría desarmados. Yo iba desarmada.
Cuando llegamos arriba, ni rastro de doña Mary ni nada. Ahí fue ya lo último.
Ella ya va bañada en sangre. Vamos las dos igualitas, porque ella con hemorragia y yo también. Pero ella parece que tenía días de estar así con esa enfermedad. Cuando vimos a otros compañeros que estaban por allá, les pregunté: “¿no salió doña Mary a donde estaban ustedes?” “No”, me dicen.
Según los compañeros, don Felipe fue a salir donde estaba el jeep. Y entonces, cuando don Felipe habla por radio en el jeep pidiendo ayuda, es cuando lo localizan y rafaguean el jeep. A él parece que lo hieren. Otro compañero llegó donde ellos y les dijo que iba a ayudarles. Pero doña Mary le dijo que no, que mejor los dejara ahí porque si no iban a morir todos, que si ellos tenían que morir, los dos iban a morir juntos. El compañero insistió en que no, que se podían salvar, que él lo iba a traer a don Felipe a como fuera. Ella le dijo que se fuese, que se salvasen todos, que por favor le arrimase a don Felipe al guindo y que ahí se iban a quedar los dos escondidos. Parece que ahí no más, bajaron los Guardias y los agarraron y se los llevaron.

El destino final de los Barreda García
Los Barreda García se movilizaron en el sector del cerro “El Ural” en el departamento de Nueva Segovia, fronterizo con Honduras, donde la contra atacaba las plantaciones de café para dañar la economía del país. Ingresaban desde territorio hondureño para secuestrar y asesinar, un peligro del que tanto los Barreda como el resto de los brigadistas, la mayoría del Frente y de la Juventud Sandinista, tenían pleno conocimiento.
Según diversos testimonios, el 28 de diciembre Mary y Felipe estaban con un grupo de avanzada de unos 80 cortadores cuando recibieron la alerta de la presencia de la Contra en el sector.
Algunos jóvenes cortadores que escaparon de las manos de la contra, cuentan lo que les tocó sufrir a Mary y Felipe.
Fueron arrastrados a punta de golpes hasta territorio hondureño. Los torturaron salvajemente. Felipe había recibido heridas de charneles cuando los contras se tomaron el cafetal. A Mary la violaron varios mercenarios. Un individuo apodado “El Muerto” fue el encargado de torturarlos y de hacerlos pasar la noche desnudos a la intemperie bajo la lluvia helada de la montaña.
A las golpizas brutales de “El Muerto” Felipe respondía que él y su mujer eran cristianos comprometidos con su pueblo, por eso habían ido a cortar café. Entonces, la mirada generalmente gélida del torturador de la contra se encendía de rabia y lo golpeaba aún más.
Lo último que los jóvenes cortadores que se lograron escapar oyeron sobre los Barreda fueron las órdenes de “El Muerto” de cavar dos sepulturas.
Los muchachos habían engañado a los mercenarios diciéndoles que querían unírseles, por lo que fueron apartados de los demás presos y aprovecharon un descuido para huir y regresar a Nicaragua.
Tiempo después, un contra capturado que había sido enviado al país para cometer varios actos terroristas y asesinatos, de nombre Pedro Javier Núñez Cabezas, relata para los periodistas con total frialdad y lujo de detalles el calvario de los Barreda a manos de “El Muerto”. Los jóvenes que habían estado en el campamento de la contra lo reconocieron: “El Muerto” era él.
Ya descubierto, y aceptando su verdadera identidad, el torturador les explicó a los periodistas que los había matado “porque era imposible quebrarles la moral. No pudimos doblegarlos”.
“A las propuestas de que aceptaran colaborar con nuestra lucha y así salvarían la vida, ellos respondían: Nosotros somos cristianos y somos sandinistas desde hace muchos años y nunca dejaremos de serlo”, explicaba.
“Me enojaron”, dijo al señalar que ni los golpes con la cacha de la pistola ni las patadas consiguieron que renegaran de su postura. “A él le abrí las heridas de los charneles con la culata de la pistola. A ella también le di duro. Me ayudó un hombre que tienen en el Estado Mayor de Tegucigalpa, de apellido Tijerino quien había sido interrogador de la OSN. Nos turnábamos y a veces les dábamos los dos al mismo tiempo. Cuando nos cansábamos, lo hacían mis hombres en el equipo de inteligencia, dos ex EEBI conocidos como “El Tapir” y “Juancito”.
Los cuerpos de María Eugenia García y Felipe Barreda nunca pudieron ser recuperados.
