Sandino Vive, la lucha Sigue!: Soberanía, Antiimperialismo y Resistencia contra las agresiones injerencistas de los Yankees en Latinoamérica


El 21 de febrero de 1934
no fue solo el asesinato de un guerrillero. Fue la eliminación calculada de un símbolo. Ese día cayó Augusto César Sandino, el “General de Hombres Libres”, traicionado por la Guardia Nacional bajo órdenes de Anastasio Somoza García. Su muerte no respondió a un conflicto local aislado: fue el resultado de una estrategia de dominación continental impulsada por Estados Unidos para asegurar su hegemonía política, militar y económica sobre Nicaragua y el resto de América Latina.

COMITÉ EUROPEO DE SOLIDARIDAD CON LA REVOLUCIÓN POPULAR SANDINISTA 

Sandino no luchaba por un cargo ni por una facción liberal. Su causa era más profunda: la defensa de la soberanía nacional, el control de los recursos y la dignidad de los pueblos frente a la ocupación extranjera. Por eso su figura trascendió su tiempo y se convirtió en una referencia permanente del antiimperialismo latinoamericano.

Desde inicios del siglo XX, Nicaragua fue tratada como un enclave estratégico. Washington controlaba aduanas, ferrocarriles, finanzas y el Banco Nacional. Además, mediante el tratado Bryan-Chamorro, se reservaba derechos exclusivos para construir un canal interoceánico. El país funcionaba, en la práctica, como un protectorado.

La ocupación directa de los marines (1912-1933) fue acompañada por la llamada “Diplomacia del Dólar”: préstamos condicionados, tutela de la deuda externa y control de instituciones clave. Cuando la presencia militar se volvió costosa políticamente, EE. UU. dejó una estructura local que garantizara sus intereses: la Guardia Nacional, entrenada y armada por sus oficiales.

Sandino comprendió el mecanismo: aunque se retiraran los marines, el poder real seguiría en manos de una fuerza subordinada a Washington. Por eso exigía la expulsión total de tropas, la disolución de la Guardia nacional (que estaba preparada por el ejército Yankee), asesores extranjeros, la autodeterminación política sin tutela externa, recuperación del control sobre aduanas, banca y recursos naturales, rechazo a gobiernos impuestos o condicionados por potencias extranjeras.

Su negativa a aceptar el Pacto del Espino Negro en 1927 dio inicio a siete años de guerra de guerrillas contra los marines. Fue uno de los pocos movimientos armados del continente que obligó a Estados Unidos a retirarse sin victoria.

Esas exigencias sellaron su destino.

El caso nicaragüense, no fue una excepción. Fue el patrón que se repitió durante las décadas de 1910 a 1930, Washington intervino repetidamente en el Caribe y Centroamérica bajo la doctrina del “Big Stick”.

En esos mismos años, ocupó Haití (1915-1934), controlando aduanas y reescribiendo su Constitución; intervino militarmente en República Dominicana (1916-1924); mantuvo tutela política permanente sobre Cuba mediante la Enmienda Platt; condicionó gobiernos en Honduras y Guatemala para proteger a compañías bananeras.

Las llamadas “repúblicas bananeras” no eran una metáfora: eran economías diseñadas para servir a corporaciones extranjeras, sostenidas por ejércitos locales entrenados por EE. UU. y por élites dispuestas a gobernar de espaldas a su pueblo.
Sandino entendía que su lucha formaba parte de esa geografía mayor de resistencia y veía muy importante buscar la unidad latinoamericana frente al imperialismo.

Con el paso del tiempo, el método cambió, el intervencionismo militar se fue convirtiendo en intervencionismo económico. pero el objetivo era el mismo.

Si en los años de Sandino predominaban los desembarcos de marines, después se consolidaron otras fórmulas como golpes de Estado, dictaduras militares aliadas, presión diplomática, sanciones económicas, bloqueos financieros, golpes blandos desde supuestos “movimientos civiles financiados desde los EE.UU, manipulación de deuda y organismos internacionales, campañas mediáticas y “lawfare”…

El mensaje es siempre el mismo: si un país intenta controlar sus recursos o adoptar un modelo independiente, se le castiga hasta forzarlo a ceder.

El mecanismo moderno evita a menudo la invasión directa: busca asfixiar economías, generar escasez, provocar descontento social y luego presentar el colapso como “fracaso interno”.

Estas medidas afectan sobre todo a la población civil: encarecen alimentos, medicamentos y energía. No son sanciones “quirúrgicas”, sino castigos colectivos. En esencia, buscan lo mismo que las ocupaciones de los años 20: forzar la rendición sin respetar la soberanía.

Es una guerra menos visible, pero igualmente efectiva.

Hoy, casi un siglo después de su asesinato, la historia —aunque no se repite de forma idéntica— nos confronta con manifestaciones contemporáneas de aquel mismo imperialismo que Sandino enfrentó.

Venezuela: La Intervención Directa del Imperio

Este inicio de 2026 ha estado marcado por una escalada sin precedentes: el gobierno de Estados Unidos lanzó una operación militar contra Venezuela, incluyendo bombardeos sobre Caracas y otras zonas estratégicas, y el secuestro de su presidente constitucional, Nicolás Maduro, y su esposa. El ataque fue llevado a cabo sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU ni del Congreso de EE.UU., y ha sido calificado por Amnistía Internacional como una clara violación de la Carta de las Naciones Unidas y del derecho internacional, lo que constituye un acto de agresión en toda regla.

Desde la óptica imperialista oficial, esta intervención se justifica bajo el pretexto de combatir el narcotráfico o “liberar” al pueblo venezolano. Sin embargo, la historia reciente muestra que el verdadero interés de Washington tiene componentes geoestratégicos y económicos —especialmente relacionados con el acceso y control sobre los recursos petroleros del país sudamericano—, una lógica que recuerda el pasado de saqueos y dictaduras tuteladas.

Cuba: Asedio y Bloqueo como Forma Moderna de Guerra Imperial

Si bien la intervención directa en Venezuela ha captado los titulares, otro teatro de agresión estadounidense se está desarrollando de forma menos visible pero igualmente devastadora: En los últimos meses, Estados Unidos ha agudizado el Bloqueo a Cuba. Ha impuesto sanciones dirigidas a restringir severamente el suministro de combustible a la isla, amenazando incluso con sanciones a los países que suministren petróleo a La Habana.

Este estrangulamiento ha generado efectos concretos: desde apagones prolongados en amplias zonas de la isla hasta la falta de combustible para aviación, con consecuencias profundas para la vida cotidiana, la economía y la capacidad de movilización social del pueblo cubano. En los últimos días, las restricciones energéticas han sido tan severas que afectan servicios esenciales como hospitales, agua, saneamiento y distribución de alimentos, derivando en acumulación de basura, cancelación de vuelos y eventos culturales, y una presión creciente sobre los suministros básicos afectando drásticamente a la población más vulnerable.

Es precisamente este impacto sobre necesidades tan fundamentales —alimentación, agua potable, energía y servicios de salud— lo que ha llevado a muchos analistas y propios representantes cubanos a calificar la política de asedio energético y económico no sólo como una estrategia de presión política, sino como una acción que, en la práctica, tiende a provocar hambre, privaciones y sufrimiento generalizado que podríamos calificar como de un genocidio.

Estas consecuencias, que van más allá de una simple disputa geopolítica, reflejan una insensibilidad hacia la población civil y se visualiza como la administración estadounidense persigue un objetivo con el estrangulamiento social, crear disturbios para generar conflictos internos que presionen al gobierno de Cuba a rendirse a los intereses del imperialismo yanqui.

Recordar a Sandino Hoy: Más Que Una Conmemoración Histórica  

La memoria de Sandino no es un ejercicio académico para nostálgicos, sino una herramienta para comprender cómo el imperialismo ha mutado, adaptado sus métodos, pero no su esencia.


Mientras conmemoramos el sacrificio de Sandino, deberíamos preguntarnos:

  • ¿No es la agresión contra Venezuela, disfrazada de lucha antidrogas, una nueva forma de intervención imperialista?
  • ¿No es el asedio petrolero contra Cuba una extensión moderna del bloqueo histórico que pretende debilitar a los pueblos para facilitar su subordinación?
  • ¿Acaso la defensa de los recursos naturales y de la soberanía popular no es una causa que sigue siendo pertinente hoy?

Desde una perspectiva de izquierda e internacionalista, la lucha por la soberanía viene de lejos, y no se detiene en un solo país. La gesta de Sandino nos exhorta a solidarizarnos con las luchas contemporáneas, con las revoluciones actuales de Nicaragua, Venezuela, Cuba y todos los pueblos que defienden su autodeterminación frente a los intereses del capital global y las intervenciones externas.

En tiempos de crisis global, de guerras neoliberales y de revisiones del orden internacional, la voz de Sandino —su firme rechazo a la injerencia extranjera y su apuesta por la unión de los pueblos— debe seguir siendo un faro que ilumine la resistencia y la construcción de un mundo más justo y soberano para todas y todos.

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