Uno de los privilegios de mi vida militante fue haber sentido siempre su cariño fraternal desde que nos conocimos en Panamá –en agosto de 1978– cuando llegamos allí después de haber sido liberados de la cárcel por el FSLN.
Por Margine Gutiérrez, redes sociales.
Ya en Cuba –como nuestro indiscutible jefe que siempre fue– quiso conocernos más a todos. Se instaló en una oficina en la Casa 40 del Vedado, en La Habana, donde funcionaba la oficina del FSLN y allí fuimos pasando de uno en uno. Se hizo una larga fila. Había que tocar la puerta y decir el nombre. Unas entrevistas eran cortas, otras más largas. Cuando me llegaba a mí el turno, él decía que no, que pasara otro. Doris María (ella siempre me cuidaba) y Roberto Calderón, preocupados, se quedaron acompañándome hasta que fui la última en pasar.
Cuando entré –nerviosa, estresada– su enorme sonrisa tan franca y bonachona me tranquilizó. Lo primero que me preguntó fue por mi reciente operación en el hospital militar somocista. Estaba impactado de que me hubieran operado sin anestesia. Quiso conocer todos los detalles. Luego pasó a querer saber sobre mi vida en el Frente. Me preguntó por mi mamá, se sorprendió de que ella me hubiera reclutado y que mis dos hermanas, menores que yo, también militaran impulsadas por ella.
Fue una larguísima plática donde la compartimentación brilló por su ausencia. Le conté todo. Fue la entrevista que duró más tiempo y cuando nos despedimos me dio un gran abrazo. Allí sellamos una larga y fraterna amistad que tuvo su mayor desarrollo en los años 80, cuando él venía con bastante frecuencia a Matagalpa. Antes me avisaba que vendría y todos los miembros del Comité Zonal del FSLN en Matagalpa nos Íbamos a “El Piojo” a bailar y a estar con él.
Tomás casi nunca bailaba. Se quedaba sentado en la mesa –como cualquier otro– atendiendo la romería de gente que lo llegaba a saludar, a platicar con él o a verlo a distancia. Él disfrutaba esos momentos de contacto informal y sin protocolo con nuestros compañeros, la mayoría compitas del SMP que llegaban en sus días de pase en busca de un rato de relax después del combate. Ese lugar fue hecho para ellos. Aunque era abierto al público, solo sandinistas llegábamos por la extrema polarización imperante.
En uno de esos días que vino a Matagalpa me llamó para que llegara a su casa a las 10 de la mañana. Él se hospedaba en la Casa de Protocolo del MINT. Cuando llegué estaba sentado en las sillas abuelitas de la sala con otra persona. Me senté y ¡qué sorpresa más inesperada! ¡Era Eduardo Galeano!
Estaban comentando y discutiendo sobre el libro de Tomás «La Paciente Impaciencia», aún no publicado. Galeano le insistía en que quitara eso del «crepúsculo estupefacto» de la entrada del libro porque eso no existía, pero el autor se defendió y dijo que a él le gustaba la frase.

Cuando tuve en mis manos el libro que el Comandante Borge me regaló autografiado, lo primero que hice fue buscar si lo había quitado, pero no, allí estaba en sus primeras líneas: «Poco antes de medianoche, durante un verano en Matagalpa, en el escenario de un crepúsculo estupefacto…».
Entre 1981 y 1982, viajó la primera delegación oficial de la naciente Revolución nicaragüense al Campo Socialista a formalizar las relaciones y a establecer acuerdos de cooperación. La gira incluía la URSS, Bulgaria, Hungría y Checoslovaquia. Formábamos parte de esa delegación Henry Ruiz, Humberto Ortega y Tomás Borge en representación del Estado y yo en representación del Partido, aunque no eran acuerdos partidarios los que se suscribirían en ese momento. También ibam otros funcionarios de las áreas más sensibles de nuestro naciente Estado. Recuerdo a Carlos Coronel Kautz.
Para mí fue un enorme privilegio, inmerecido por demás, haber sido integrada a ese equipo de tan alto nivel.
Pero el mayor privilegio vendría después, cuando estando en Checoslovaquia el Comandante Borge pidió a quienes nos atendían que lo llevaran a visitar a Gusta Fučíková –y dijo que iría conmigo– la compañera de vida y de lucha de Julius Fucik, cuyo libro –que ella recopiló y publicó– yo había leído infinidad de veces antes de 1979 y que fue mi soporte cuando estuve en los tenebrosos sótanos de la Oficina de Seguridad Somocista (OSN). Allí, con esa inmensa mujer a la que Tomas le manifestó respeto y admiración, yo estuve sin abrir la boca, salvo para comer porque almorzamos con ella.
Tengo muchísimos recuerdos suyos, pero detallarlos sería interminable. Como cuando se vino de Cuba a formar una columna para ingresar a la montaña. René Núñez me llamaba y me decía que «Tomás quiere que entrés a Nicaragua para que te integrés a su columna, pero le dijimos que no». Yo casi lloraba por esa repuesta y René me regañaba hasta que un día me llamó para que fuéramos a caminar por las calles de La Habana y allí me dijo que ya no iba a continuar estudiando en la Ñico López porque me iba para Nicaragua, pero que antes recibiría un curso de Radio para ser la radista de Tomás Borge. Yo no mostré ninguna emoción si no que le dije, como quien no quiere la cosa, está bien. Pero en mis adentros que emoción y orgullo ser la radista de Tomás Borge. Las circunstancias y el desarrollo de los acontecimientos hizo que ni me mandaran al curso ni me convirtiera en su radista. Seguro influyó que el Frente en Cuba se oponía.
También lo recuerdo cuando vino a conocer a mis dos últimos hijos recién nacidos. A ambos les trajo un coche azul y ropita, la de Abilio René era verde olivo.
Tomás Borge con tanta historia, con su enorme trayectoria, con el amor que el pueblo le tributaba, con el poder que alcanzó en los 80 también fue un hombre humilde que supo disfrutar de la cercanía del pueblo de múltiples formas como cuando íbamos al Piojo. Fue un amigo muy leal de quienes estuvieron con él en la cárcel y de compañeros que conoció posteriormente. Después de 1979 nunca fue mi jefe pero disfruté de su amistad, de su camaradería en una relación horizontal que, salvo con el Comandante Carlos Núñez, no tuve con ninguno de los miembros de la DN.
