El mundo que ha sido diseñado para hacernos creer que la pobreza es una virtud, que ser pobre en esta vida es per se la garantía de una vida feliz y plena después de la muerte; es decir: sufre ahora, para que puedas disfrutar en la eternidad; aguanta ahora la carga pesada, para que tu liviandad esté garantizada en tu otra vida. Mientras tanto, deja que los ricos disfruten, porque no saben lo que les espera; deja que se alimenten de tu pobreza, que, al fin y al cabo, esa riqueza es efímera; ellos son los engañados, no vos; ellos gozan ahora, pero sufrirán en la eternidad.
Por Omar Aguilar Maradiaga, Radio La Primerísima.
Bajo esa misma lógica, los sistemas políticos imperantes en la mayoría de los países del mundo están diseñados para creer que solo el rico salva al pobre, para que creas que el pobre es pobre porque quiere, que el mundo es un mundo de oportunidades y que los ricos solo las han aprovechado, que los millonarios son hombres exitosos en buena lid, que los multimillonarios son personas bondadosas, que su dinero proviene del esfuerzo personal, del sudor de su frente, del enorme sacrificio que hacen día a día en sus trabajos y que son el ejemplo a seguir. Según esta teoría, gracias a los ricos los países son prósperos, están llenos de edificios gigantescos y lujosos, de hospitales de primera, de universidades suntuosas, de hoteles de cinco estrellas; todo hecho para personas superiores; pero eso está bien, eso es correcto, ellos se lo merecen, ellos están avalados por la divina providencia. El sacrificio de los obreros, campesinos, amas de casa y emprendedores, que son los verdaderos productores de la riqueza; quedan relegados a una parte de la ecuación, importante pero desechable, clave pero sustituible, necesaria pero sacrificable.
Es difícil entender las razones de por qué los pobres votan por los ricos, por qué defienden a quien les explota y se enriquece a costa de su sudor, de su dolor, de su sufrimiento. Más allá de los fraudes electorales, de las elecciones amañadas, de los votos comprados, no se puede negar que el fenómeno de los pobres apoyando a los ricos, de los explotados apoyando a sus explotadores, de las víctimas apoyando a sus victimarios, de los de a pie apoyando a los elitistas sigue siendo una realidad, sobre todo en Latinoamérica. Es indudable que, entre los más de 9 millones que votaron por la derecha en las elecciones de Perú y de los casi 13 millones que votaron por la derecha en Colombia, la inmensa mayoría son pobres y de clase media. Esto ha dado origen a lo que se conoce como “los pobres de derecha”, el mayor colaborador y valedor de los opresores del mundo; la obra maestra del capitalismo.
Se puede contar con los dedos de la mano los países que han logrado hacer un giro hacia formas de gobierno progresistas, ya sea por procesos revolucionarios o procesos electorales que han dado un giro de timón hacia un liderazgo más popular y, en teoría, más alejado de las clases oligarcas y de los centros de poder tradicionales. Pero bastarían los dedos de una sola mano para contar los países que, habiendo dado un giro, han logrado verdaderos cambios, se han arraigado y han logrado obtener el respaldo firme, decidido e incondicional de sus pueblos. La mayoría no han trascendido o han tenido una gestión desastrosa en el poder y han recibido el voto de castigo de sus pueblos, que han llevado a un retorno a los gobiernos oligarcas. Lo peor es que han deteriorado aún más la ya de por sí deteriorada imagen perversa de la izquierda, que nos ha vendido el capitalismo desde hace décadas.
No faltan los gobiernos que han llegado al poder disfrazados de izquierda, de gobiernos progresistas, y que una vez en el poder muestran su verdadero rostro y se arrastran, se arrodillan y besan la mano de su amo imperialista. Por lo general, han sido gobiernos altamente permisivos, blandengues, que no han hecho cambios estructurales, sino que han maquillado los viejos estamentos del capitalismo en general y del neoliberalismo en particular. Se han dedicado a poner parches nuevos en ropa vieja, con estrategias y acciones improvisadas que no resuelven los problemas, sino que tienden a empeorarlos. Son gobiernos del poder, pero sin poder; porque la veeduría y el control social no lo ejerce el pueblo, sino la oligarquía, las fuerzas militares y el clero religioso. Si acaso lograron terminar su período de gobierno, lo han hecho sin pena ni gloria y han pasado a engrosar la larga lista de los líderes demagogos que prometen, que dan esperanza y al final son más de lo mismo. Esto ha sido una estrategia del imperialismo para dar un respiro a impopulares gobiernos de derecha y demostrar que la izquierda es igual o peor. Al final los pueblos se cansan y deciden que ya no hay por quién votar, lo que explica en parte el alto abstencionismo en los comicios electorales, de por sí amañados y faltos de transparencia.
Es innegable que también ha habido gobiernos progresistas, que han iniciado procesos de cambio; pero han sido derrocados por la fuerza por el imperialismo con el apoyo de las oligarquías, de las fuerzas militares y los cleros locales que han visto amenazado su estatus quo. En todos los casos, no han faltado los traidores, que se han vendido por unos dólares más y que creen que tendrán cabida en la oligarquía por los “servicios brindados”. Es claro que llegar al poder no es garantía de que puedas ejercerlo, porque el imperialismo no permite que nadie invada su patio trasero, que nadie cambie la receta o que lea en otro libro. De inmediato vienen las medidas coercitivas, las sanciones económicas, las presiones políticas, las estrategias de descomposición interna, las protestas de falsa bandera, las acusaciones de terrorismo, narcotráfico y violación de DDHH contra líderes y contra los propios gobiernos; medidas apoyadas por los organismos multilaterales, por los gobiernos lacayos y por antiguos líderes y gobernantes; que ahora se han vuelto críticos, analistas, expertos y consejeros, y que en su momento fueron parte del caos que hoy viven los pueblos.
Por ello es que es tan gigantesca la figura de la Revolución cubana. No es para nada fácil mantener la mirada fija en los pobres, en el bienestar de las grandes mayorías históricamente relegadas; estando rodeado de aves rapaces listas para dar el zarpazo, cuando cada día tienes que luchar contra las adversidades, cuando tienes que hacer de tripas corazón para no dejarte vencer, cuando tu enemigo vive buscando nuevas herramientas para socar las tuercas que te presionan, para cerrar más el cerco que te acorrala, para apretar más la soga que te asfixia. Tampoco lo fue para la Revolución de Octubre, ni para la Revolución de Agosto de Vietnam, ni lo ha sido para la Revolución Islámica de Irán. Cuán difícil ha sido para el pueblo cubano mantenerse incólume y no ceder a la presión y al ya más que aberrante bloqueo del imperialismo yanqui; sobreviviendo con las uñas; pero con el corazón intacto, lleno de orgullo revolucionario, con fe en sus líderes y con respeto absoluto a la sangre de sus héroes y mártires.
Por ello, es también tan gigantesca la Revolución Popular Sandinista. 47 años es una fracción de tiempo en la historia de la humanidad, pero para un pequeño país como Nicaragua, que ha tenido que resistir los embates del imperialismo, que desde el mismo 19 de julio de 1979, en que el pueblo tomó el poder; empezó su asedio, sus intentos de acabar con la Revolución, y empezó a tejer estrategias para desestabilizar la economía, para apoyar la guerra contrarrevolucionaria, para desacreditar la revolución acusándolas de totalitaria y sandino-comunista; termino que se convirtió en una bandera de lucha de la oligarquía, de líderes religiosos y de los que a la postre traicionaron la causa revolucionaria. A pesar del contexto sumamente complejo que le tocó vivir a la RPS en la primera etapa de 1979 a 1990; que estuvo marcado por el bloqueo económico y el conflicto armado contra la “Contra” financiada por Estados Unidos; se lograron importantes avances y profundas transformaciones sociales en el país.
La Gran Cruzada Nacional de Alfabetización, implementada a tan solo 7 meses del triunfo revolucionario y con la participación de unos 96 mil jóvenes y docentes, redujo el analfabetismo del 60 al 12%, un hecho histórico que permitió que más de medio millón de nicaragüenses aprendieran a leer y escribir. A través de la reforma agraria, se entregaron más de un millón de hectáreas de tierras a cooperativas y campesinos, transformando para siempre la estructura agraria del país y eliminando el latifundio que hasta 1979 ocupaba más del 35% de la propiedad.
Como parte de las reivindicaciones, se instituyó la gratuidad y universalidad de la salud, priorizándose la medicina preventiva y las jornadas comunitarias de salud, lo que redujo la incidencia de enfermedades y erradicó otras como la poliomielitis. También se promovieron los derechos sociales y laborales en el campo y la ciudad, lo que fortaleció la organización y participación popular a través de los Comités de Defensa, Asociaciones, Cooperativas; fortaleciéndose además el sindicalismo y la participación de mujeres, jóvenes y niños.
Un hecho histórico sin duda fue también la promoción de la Ley de Autonomía de las regiones de la Costa Caribe, reconociendo la diversidad y derechos de los pueblos originarios y afrodescendientes, respetando su propia estructura de gobierno, su derecho al usufructo de sus tierras y recursos naturales, así como el uso oficial de sus idiomas nativos, tanto para la comunicación como para la educación y la gestión.
Quizá uno de los aspectos poco valorados es la preparación de cuadros que estarían destinados a apoyar la producción y el desarrollo económico y social del país. Se estima que entre 10,000 y 20,000 nicaragüenses recibieron becas gubernamentales, siendo enviados principalmente a países del bloque socialista (como la Unión Soviética, Alemania Oriental, Cuba y Bulgaria) para cursar estudios universitarios y técnicos. La mayor parte de estos jóvenes eran de escasos recursos y sin este apoyo jamás hubiesen podido cursar estudios profesionales. Muchos de esos cuadros, por desgracia, mordieron la mano que les dio de comer, renegaron de su historia y se plegaron a posiciones de derecha.
La guerra contrarrevolucionaria apoyada y financiada por el gobierno norteamericano, que contó con la complicidad de la burguesía local y gobiernos vecinos, no permitió la profundización de estas transformaciones y el impulso de otras tantas que preveía el proyecto revolucionario. La guerra, que costó entre 30 y 50 mil muertos, la mayoría jóvenes que defendían la revolución, provocó además la destrucción de la economía, la destrucción de la infraestructura productiva y social (puentes, carreteras, cooperativas agrícolas, centros de salud y escuelas, etc.) y obligó a abandonar la producción. El conflicto provocó un éxodo masivo, paralizó las reformas sociales, generó una profunda polarización política y dejó al país sumido en una crisis que tardaría décadas en superarse. Sin embargo, el imperialismo yanqui, la burguesía local y el clero culparon al gobierno revolucionario de la época y vendieron el cuento de que la revolución fue fallida, que generó atraso y más pobreza en el país. Esto, sumado a la enorme cantidad de muertes y discapacitados, permeó en la población y llevó a un cambio de gobierno en el 1990.
En 16 años de gobiernos neoliberales, se privatizaron las empresas estatales que se vendieron a precio de guate mojado, causando un perjuicio al Estado; se privatizaron los servicios de salud y energía, se inició una contrarreforma agraria y el desmontaje del cooperativismo, lo que llevó más pobreza al campo. El abandono de los proyectos sociales y la poca preocupación por los pobres fue palpable y el país retrocedió en los indicadores de pobreza. En este período, Nicaragua pasó a ser conocida como el segundo país más pobre de la región (solo detrás de Haití); con la peor infraestructura vial, con el más obsoleto y atrasado sistema de salud y el país con los mayores índices de desigualdad. En general, hubo un retroceso total de las reivindicaciones logradas por la revolución. Nuestro pueblo fue testigo directo de que estos 16 años de neoliberalismo solo sirvieron para intentar enterrar el proyecto revolucionario, para el retorno de la diáspora somocista, el retorno del minifundismo y el desmantelamiento del cooperativismo. Se registró además un avance del analfabetismo que alcanzó a más del 35% de la población y la pobreza que alcanzó a más del 50% de la población, con un marcado rostro rural; siendo a la vez las mujeres la más afectadas.
En este período nefasto para Nicaragua, muchos antiguos militantes y simpatizantes, que se decían a sí mismos sandinistas y revolucionarios, descubrieron sus rostros verdaderos y no dudaron en plegarse al neoliberalismo. Iniciaron un proceso de descomposición y división interna, que debilitó en su momento a la vanguardia; pero que sirvió a la postre para consolidar el liderazgo, para cohesionar al verdadero sandinismo y para entender dónde estamos los que somos y dónde están los que nunca fueron o sucumbieron en los momentos más difíciles, tentados por el poder, los deseos de protagonismo y vendidos al mejor postor.
Después de 16 años de sufrimiento, el pueblo dio su veredicto, y sentenció al neoliberalismo y sus gobiernos proimperialistas, representados por la oligarquía histórica, los disidentes y los pobres de derecha; defendidos a ultranza por las cúpulas religiosas. Después de tres gobiernos fallidos llegados al poder por elecciones amañadas y triquiñuelas, retornó al poder el sandinismo; esta vez a través de la defensa férrea del voto y la voluntad popular. A pesar del intento de deslegitimar al gobierno revolucionario vanguardizado por el FSLN, no pudieron detener la ola sandinista que retomaba el poder que había conquistado con sangre un 19 de julio de 1979.
En esta nueva etapa, habiendo aprendido de los errores y con una vasta experiencia en el campo político, el gobierno sandinista ha posicionado nuevamente a Nicaragua en el tablero internacional; solo que esta vez por la gestión positiva, los innegables avances en materia económica y social, así como por la madurez en términos políticos, manejo de las relaciones internacionales y la defensa decidida de la autodeterminación y la soberanía. Esta etapa tampoco ha sido un camino de rosas y nos ha tocado nuevamente vivir bajo la amenaza permanente del imperialismo, bajo el constante asedio de los instrumentos creados por el capitalismo como la ONU, OEA, CIDH, etc. Tampoco hemos estado exentos de la crítica mordaz, aberrante y malintencionada de líderes religiosos, pseudoperiodistas, periódicos locales de derecha y de la prensa internacional proimperialista; toda una red alineada y orquestada para desestabilizar y provocar corrientes de opinión adversas al proyecto revolucionario.
Lo que sucedió en 2018 no fue un hecho aislado ni espontáneo, sino parte de un manual cuidadosamente diseñado, de una estrategia preparada por el capitalismo y sus lacayos internos. Si no, que lo digan las organizaciones que prepararon a los líderes del golpismo, bajo la bandera de capacitación para el liderazgo, formación de líderes e incidencia política; que, lejos de estar dirigidos a mejorar la participación social, estaban destinados al trabajo político, a la descomposición social, al trabajo en redes de opinión antisandinista y a la organización de la intentona de golpe de Estado. Solo que midieron mal, calcularon mal, subestimaron el liderazgo y la fuerza del Frente Sandinista y se toparon con una roca que no se rompe a mazazos, que es inmune a los sismos y que llega hasta el mismo corazón del suelo patrio. Se creyeron victoriosos, golpearon la mesa, gritaron, amenazaron y, al final, se dieron con la piedra en los dientes. Algunos abordaron el avión de la vergüenza hasta el país de su amo imperialista, otros tantos están refugiados en países vecinos desde donde despotrican y lanzan su veneno contra el gobierno revolucionario y muchos están solapados en sus residenciales, en los barrios, en las comarcas, en los lugares donde trabajamos, en los púlpitos, en las redes sociales; vestidos de pobres de derecha. Todos son peligrosos y por eso hay que estar atentos, vigilantes, preparados y no dormirnos en nuestros laureles.
Debemos sentirnos orgullos de que, gracias al gobierno revolucionario, hoy somos el país con la mejor y moderna infraestructura hospitalaria de Latinoamérica (75 hospitales), que contamos con salud universal y gratuita; que tenemos acceso a una educación gratuita en todos los niveles; que la educación y la salud llegan a todos los rincones del país; que contamos con la mejor infraestructura vial del istmo centroamericano; que estamos entre los países más seguros de América Latina; que ocupamos el quinto lugar a nivel mundial entre los países con mayor equidad de género; que contamos con el PIB proyectado más alto de Centroamérica para 2026 (4.6%); que hemos reducido la pobreza del 60 a menos del 30%; que hemos desarrollado proyectos de vivienda de interés social (nuevas y reparadas) que han beneficiado a cerca de 800 mil personas; somos de los pocos países de la región que tenemos garantizada nuestra seguridad alimentaria, que producimos para consumo interno y para exportar; que contamos con una de las capitales con mayor avance urbanístico en la región; en fin, Nicaragua es hoy una país diferente, que escribe su propia historia y que camina con paso firme hacia el progreso.
Esto nos pone en perspectiva y nos hace entender el porqué del éxito de la gestión del gobierno sandinista y de la necesidad de consolidar y defender nuestras victorias. El cambio en las condiciones materiales, fundamentado en el desarrollo económico inclusivo y sostenido, que ha sacado de la pobreza a cientos de miles de nicaragüenses y que ha mejorado las condiciones generales del país, nos ha convertido en uno de los países más exitosos a pesar de las dificultades que nos ha tocado vivir. Nicaragua es un país prosocialista, con una economía abierta, que ha logrado encontrar en el mercado un aliado que, bien regulado y sin las especulaciones del “libre mercado” neoliberal, ha incidido en el mejoramiento de las condiciones materiales de su población. El papel del Estado, conducido por el FSLN, ha logrado cambios gigantescos y ha tirado al traste la teoría capitalista de que la izquierda solo trae pobreza y subdesarrollo.
Esto, obviamente, no tiene contento al imperialismo, a la derecha nacional, a los enemigos históricos y nuevos del sandinismo. Por ello, el gobierno norteamericano endurece sus medidas, aplica cada día nuevas sanciones, inventa nuevos motivos para penalizar líderes y autoridades para desestabilizarnos. El anti sandinismo en el exilio, confabulado con líderes religiosos y redes sociales de derecha, continúa confabulando y vendiendo propaganda oscura; la que es difundida por los medios de comunicación proimperialistas y que encuentra eco en los foros internacionales que nos adversan desde siempre.
Pero los sandinistas estamos hechos a prueba de fuego, venimos de donde las papas queman y no nos corremos al ruido de los caites ni con el aullido de los lobos. Resistir requiere de una enorme fuerza moral, de un convencimiento pleno de que lo que hacemos es lo correcto y de que “es preferible hacernos morir como rebeldes y no vivir como esclavos”, como diría nuestro general Sandino. Nuestra lucha es justa y es humana, que lleva aires de esperanza renovada cada día. Se acerca un año electoral y el imperialismo y sus aliados querrán meter sus manos negras en el proceso e intentarán imponer candidatos que les sean afines. Habrá que estar atentos también a las maniobras sucias de la oligarquía, de los falsos líderes, de las redes sociales y al surgimiento de los “pobres de derecha”.
47 años parecen poco, pero es una historia de sacrificio, de resistencia, de lucha constante, de demostrarle al mundo que los nicaragüenses tenemos un espíritu indomable y que no nos vendemos ni nos rendimos jamás. Los nicaragüenses amamos la paz y no permitiremos que nada ni nadie la rompa. En esta revolución cabemos todos, menos los traidores y los vendepatria.
