El General Sandino cuenta su origen y su infancia


El libro «Maldito País: La vida de Augusto C. Sandino contada por él mismo» se publicó muchos años después del asesinato del General: hasta después del triunfo de la Revolución Popular Sandinista, que encabezaron los muchachos del Frente Sandinista, inspirados en la epopeya del jefe guerrillero que expulsó a los marines yanquis el 1 de enero de 1933,

Por José Román, capítulo 2 de su libro «Maldito País»

Su autor, el periodista, escritor e historiador José Román Collado, entrevistó en febrero de 1933 al Héroe Nacional, con quien convivió durante más de una semana en su campamento de San Rafael del Norte. Su libro es una fuente histórica fundamental para entender el pensamiento de Sandino y el contexto de la Nicaragua de la época. Román recopiló testimonios directos un año antes del asesinato de Sandino en 1934.

Partida de nacimiento de Augusto Nicolás, “hijo natural” de Margarita Calderón, presentada por su padre, Gregorio Sandino.

El propio Román explica en la primera edición de su libro, las razones por las cuáles tardó tantos años en publicarlo:

El contenido de este libro corresponde exactamente al borrador mencionado en su última página, pues al pasarlo en limpio casi cuarenta y seis años más tarde, las únicas alteraciones efectuadas han sido correcciones ortográficas.

Originalmente, por haber concluido el borrador unos tres meses antes de la fecha planeada, se proyectaba salir para Nicaragua al cumplimiento del compromiso previamente contraído esperando pues salir a fines de febrero de 1934 para arreglar lo de la publicación del libro, de acuerdo con los deseos del General Sandino.

Dolorosamente, el veintiuno de este mes aconteció el asesinato de Sandino que hizo innecesario el viaje e imposible por todo este tiempo la publicación de la obra, por razones obvias.

Sin embargo, a pesar de este gran retraso, su contenido es tan importante hoy como lo fue entonces y las lecciones políticas que encierra, mucho, mucho más, pues el alcance de las mismas habría sido muy difícil de apreciar en aquellos días debido a la extraordinaria visión política del General Sandino, pero que hoy, a la luz de los últimos acontecimientos, el verdadero significado de las mismas no sólo se aclara, si no que hace resplandecer el genio del General Sandino con fulgores del más alto quilatage.

Por fin, pues, espero pronto tener la más grande satisfacción de mi vida al ver que este “Maldito País” no se quede, como las cartas del General Sandino a su novia de Niquinohomo, en borrador.

José N. Román, Nueva York, 10 de junio de 1979

Aval de Sandino

El joven poeta José N. Román, ha venido con nosotros hasta estos retiros de Bocay, en el Rio Coco, a oír de nuestros labios, relatos, detalles y proyectos pasados, presentes y futuros tanto del suscrito como de los jefes y soldados con quienes hemos combatido la intervención norteamericana en Nicaragua. El hermano Román está escribiendo un libro sobre estos asuntos, y ha convivido fraternalmente con nosotros observando por más de un mes en estas regiones y lleva detalles documentales y verbales inmediatos e importante información que le proporcionamos confiados en su patriotismo y buena fe, y se le autoriza para su publicación, asegurándole éxito como historiador.

Aprovechamos esta oportunidad para saludarlos fraternalmente.

Bocay, Río Coco, Las Segovias, Nicaragua. C.A Marzo 13 de 1933.

Credencias

El joven, hermano José N. Román, lleva nuestra representación personal, para saludar en nuestro nombre y explicar a los nicaragüenses y a todos los hombres del mundo, ya sea por escritos o conferencias verbales, nuestra Gran Cruzada de siete años de lucha armada por la Independencia de Nicaragua contra la intervención de los Estados Unidos de Norte América.

Extendemos el presente certificado en Ciudad Bocay, Río Coco, en Las Segovias de Nicaragua. C.A a los catorce días del mes de Marzo del año de mil novecientos treinta y tres.

Patria y Libertad

A. C. Sandino

El Embocadero – Martes 28 de Febrero de 1933

He pasado todo el día conversando con el General. Me contó detalles muy íntimos de su vida privada de los cuales, como todo lo que hablamos, tomé por escrito minuciosa y detalladamente.

– La familia Sandino socialmente ocupa uno de los lugares más prominentes, quizá el más prominente de Niquinohomo y su historia data de muy atrás, principió el General, recostado en su hamaca y yo sentado al lado, con una mesita enfrente para tomar mis notas.

Un señor Sandino llegó a Nicaragua continuó procedente de España y era de la misma familia de otros dos Sandinos que también habían emigrado de España, uno para Colombia y el otro para Campeche, en México. El que vino a Nicaragua logró hacer algún dinero, se casó y tuvo varios hijos, entre ellos: José María, Ofreciano y Santiago. Este último a su turno casose con una india pura llamada Agustina Muñoz, con quien tuvo los siguientes hijos: Asunción y Cayetana, mujeres y los varones Pedro, Cleto, Isabel y Gregorio, mi padre.

Mi padre nació el 12 de Marzo de 1869 en Niquinohomo, en la casa solariega de su familia, donde hasta la fecha habita. Heredó algún dinero, fincas de café y casas. Aun es el hombre más rico de la localidad. Mi padre es bajo y fuerte. En el predominó la sangre de su madre, pues es marcadamente de tipo indo hispano y hombre de trato y modales moderados. Desde muy joven se dedicó al cultivo de su heredad y casó con doña América Tíffer, con la que tuvo los siguientes hijos: Asunción, América y Sócrates, que es el mayor y nació en Octubre de 1898.

Como puede ver, yo no soy hijo del matrimonio, sino que nací unos cuatro años antes, en 1895. Mi madre se llama Margarita Calderón y era una empleada de una finca de mi padre. Soy pues, Román, un hijo del amor o un bastardo, según los convencionalismos sociales.

Mi padre, después de venido yo al mundo, se olvidó de la que había sido madre de su primer hijo, porque era una persona campesina y se casa con Doña América Tíffer, una burguesoide provinciana.

De modo –continuó pausadamente el General– que abrí los ojos en la miseria y fui creciendo en la miseria, aún sin los menesteres más esenciales para un niño y mientras mi madre cortaba café, yo quedaba abandonado. Desde que pude andar lo hice bajo los cafetales, ayudando a mi madre a llenar la cesta para ganar unos centavos. Mal vestido y peor alimentado en aquellas frías cordilleras. Así es como fui creciendo, o quizás por eso es que no crecí. Cuando no era el café, era el trigo, el maíz u otros cereales los que nos mandaban a recolectar, con sueldos tan mínimos y tareas tan rudas que la existencia nos era un dolor ¡Un verdadero dolor y aun así, para poder trabajar teníamos que sacar unas matrículas que mi madre y yo nunca terminábamos de amortizar. Además, tomé en consideración que mi madre con frecuencia daba a luz, lo que agravaba más nuestra situación. Créame, es horrible recordarlo, pero es, la pura verdad.

Hubo veces –continuó el General después de una sostenida pausa– en que para poder comer tuvimos que empeñar cualquier baratija por unos cuantos centavos. Y hubo días, muchos días, en realidad muchísimos días, en que estando mi madre postrada, haya tenido yo que salir de noche a robar en las plantaciones para no dejarla morirse de hambre. Y así seguí creciendo, enfrentándome en lucha feroz y tenaz contra una vida cruel y despiadada y contra designios de la fatalidad. Dichosamente, la naturaleza me había dotado de reflexión y voluntad. Empezaba yo prematuramente a ser consciente de la gran tragedia de mi vida que lo más íntimo de mis entrañas con la realidad de una terrible miseria. Miseria e impotencia, a mis tiernos años. Con mi padre, no contaba en lo absoluto y a mi madre, más bien yo tenía que mantener.

Margarita aborta en la cárcel

Cuando por casualidad mi medio hermano Sócrates, me encontraba en la calle, me regalaba alguna ropa vieja con las que cambiaba mis harapos. Al comparar la situación de mi hermano con la mía, me indignaban las injusticias de la vida. Aunque yo era muy trabajador, ¿qué podía ganar una criatura menor de 10 años en un lugar donde aún los sueldos para mayores eran sólo unos centavos diarios? Estaba yo en una época de la vida en que se necesitan, ya no digamos las cosas más elementales para la comodidad del cuerpo, sino lo que es más esencial, el calor de un hogar para la tranquilidad espiritual y la formación del carácter y personalidad. Yo carecía de ambos y lo peor es que me daba cuenta cabal de la situación.

Ahora Román, le voy a contar un detalle concreto que nunca olvidaré. Sucedió algo terrible que agravó más mi vida. Trabajábamos mi madre y yo en una finca del Alcalde del Pueblo, siendo mi padre el Juez. Ella había recibido un anticipo de unos pocos pesos, pero como le ofrecieran pagar mejor en otro cafetal, resolvió aceptar para pagar más pronto su deuda, pero el señor Alcalde, temeroso de perder su anticipo, dio orden de captura contra ella. Y así, una buena tarde se aparecieron unos soldados y nos metieron a la cárcel.

El disgusto y el maltrato brutal, produjeron a mi madre un aborto que le ocasionó una copiosa hemorragia, casi mortal. Y a mí solo me tocó asistirla ¡Íngrimo! En aquella fría prisión antihigiénica del pueblo. Al mismo tiempo que se me revelaban secretos biológicos para mí ignorados hasta entonces, pues apenas había cumplido nueve años de edad, los lamentos y el estado mortal de mi madre rebalsaron mi indignación y aunque sólo era un niño, ya dormida mi madre, insomne, me acosté a su lado en aquel suelo sanguinolento y pensé en mil atrocidades y venganzas feroces, pero dándome cuenta de mi impotencia, recuerdo vívidamente, como reflexioné con filosofía infantil. ¿Por qué Dios será así? ¿Por qué dirán que la autoridad es el brazo de la ley? ¿Y qué es la tal ley? Si la Ley es la voz de Dios para proteger al pueblo, como dice el cura, entonces la Autoridad, ¿por qué en vez de ayudarnos a nosotros los pobres favorece a los zánganos? ¿Por qué Dios quiere más a Sócrates que a mí, si yo tengo que trabajar y él no? ¡Que carajos, Dios y la vida son una pura mierda! ¡Sólo a los pobres nos joden.

El General cerró los ojos, apretó los puños contra sus mejillas y así permaneció, indudablemente en profunda concentración, por más de un minuto. Se dio media vuelta en la hamaca, volviéndose a mí y continúo:

Poco tiempo después mi madre se fue con un hombre a Granada y yo rehusé seguirla. Como he sido siempre de carácter decidido, me fui a vivir con mi abuela materna que era paupérrima y trabajaba en lo que podía. Seguí mi lucha con la vida. Solo, cuerpo a cuerpo. Dándome cuenta que mi madre andaba lejos con una sarta de hijos y mi padre por otro lado casado con una mujer que no podía ni verme, con mi raciocinio infantil y mi razón sentimental, pensaba que la vida no tenía sentido, que no tenía razón de ser, pues los mismos que me habían traído al mundo me trataban así sin tener yo ninguna culpa. Vea, Román al recordar tales injusticias de la vida…

El encuentro con su padre

Continuó con el mismo tono pausado y sereno:

Y es lo cierto que pudiendo haber sido un vago y criminal, decidí ser gente, decidí llegar a ser alguien. Bueno, es el caso que un día, hambriento, haraposo y acarreando unos paquetes para ganarme unos centavos, me encontré por casualidad con mi señor padre en La calle. Puse los paquetes en el suelo, me arrimé a él y le interpelé llorando, pero enérgicamente: «Óigame Señor ¿Soy su hijo o no?» Y mi padre contestó: «Sí, hijo, yo soy tu padre». Entonces yo le repliqué: «Señor, si yo soy su hijo ¿por qué no me trata usted como trata a Sócrates?» Al viejo se le salieron lágrimas. Me levantó hasta su pecho. Me besó y me abrazó fuerte y largo…Y me llevó a su casa… Iba yo a cumplir once años.

A pesar de mi corta edad, por mi laboriosidad y trato fino, pronto me hice indispensable en el hogar paterno. Me pusieron a la escuela, pero en vez de asistir con toda frecuencia, nos íbamos junto con Sócrates y otros muchachos a jugar a la guerra. Con piedras, limones y naranjas verdes y si acaso nos sorprendía la policía, pues en tiempo del genera Zelaya la enseñanza era obligatoria resultaba otro gran placer para nosotros el provocarles y burlarles corriendo a refugiamos a la escuela. Fui pésimo estudiante, pues casi todo el tiempo lo pasaba fabricando soldados de cera con los que librábamos verdaderas batallas en miniatura que llegaban a presenciar las amistades del vecindario. Como era famosa en toda la escuela mi ignorancia y había una chiquilla en quien tenía puestos mis ojos, ella, para atormentarme un día al salir de clase se me acercó con un libro en la mano pidiéndome que le leyera. Mi primer impulso fue confesar mi ignorancia, pero disimulé con cualquier pretexto y me salvé de la vergüenza.

Al llegar a casa me propuse jamás volver a verme en tal aprieto y me dediqué a estudiar con una tenacidad terca y sin jactancia; al poco tiempo era uno de los alumnos más aprovechados en la escuela. Seguía estudioso y a medida que crecía ayudaba más a mi padre en el manejo de sus negocios. Hasta llegué a tener un negocio propio, de granos. Con mi ayuda, mi padre llegó a controlar el negocio de frijoles de toda aquella región y duplicó su capital.

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