«Juro que mi espada será redención para los oprimidos»


Menos de un año antes de su muerte, acaecida el 28 de mayo de 2022, el historiador y principal biógrafo del General de Hombres y Mujeres Libres, Aldo Díaz Lacayo, publicó en octubre de 2021 su penúltimo libro «A. C. Sandino Otro aporte a su biografía política». En ese libro, expone las circunstancias previas al escrito fundamental del Jefe de la Guerra de Liberación Nacional, el Manifiesto de San Albino, publicado el 1 de julio de 1927.

 Por General Augusto C. Sandino, 1 de julio de 1927

El Manifiesto que marcó para siempre la identidad nicaragüense

Aldo Díaz Lacayo

El 20 de mayo el General Sandino regresa a Jinotega a continuar sus planes para iniciar la guerra. Ahí organiza el gobierno de los departamentos de Jinotega y Estelí. Jinotega era en realidad la condición suficiente para iniciar su propia guerra que desde el mismo momento pasaría a la historia como Guerra de Liberación Nacional. Así calificó su decisión, el “deber de morir por la Libertad, que ese era el símbolo de la bandera Rojo y Negro que yo había enarbolado: «Libertad o Muerte»” —como le había dicho a Moncada en Boaco.

A partir de esta segunda llegada a Jinotega la guerra cambiaría de naturaleza. De guerra civil entre fuerzas nicaragüenses luchando por controlar la Presidencia con el beneplácito yanki, a Guerra de Liberación Nacional luchando contra las fuerzas yankis que ocupaban Nicaragua desde aquel lejano 1912, que como se sabe había marcado para siempre a Sandino por la vejación del cadáver del General Benjamín Zeledón, causa remota de su nacionalismo/antimperialismo.

Una guerra percibida entonces insólita, para garantizar la soberanía plena de Nicaragua, cuando las condiciones subjetivas se mantenían reprimidas por la intervención yanki y en parte por la abierta confrontación de Estados Unidos contra México, que potenciaba el temor frente a la intervención. Aún no aparecía Sandino. Tan insólita guerra cuando estalla trascendería a Nuestramérica y al mundo como paradigma de libración, y a Sandino como General de los hombres libres.

Y es que Sandino no estaba equivocado. Su segunda llegada a la ciudad de Jinotega fue apoteósica “había gran amenaza a la Plaza por un grupo de conservadores que todavía estaban armados «aún no cumplían lo pactado con Stimson». Fue grande el entusiasmo en Jinotega cuando nos vieron llegar con todo nuestro armamento, y quizás mejor equipados que cuando de allá salimos. / Nos obsequiaron flores, recibí muchos retratos de señoritas con sus dedicatorias y gran cantidad de objetos que todavía guardo con aprecio”.

Paradójicamente las amenazas de los conservadores armados motivaron el entusiasmo popular. Estaban seguros que Sandino impediría ese ataque potencial como lo había hecho la primera vez. Pero no era ésta la única causa, ni siquiera la principal. Esperaban al General Sandino porque los jinoteganos sabían quién era y cómo actuaba, ésta fue la causa verdadera. Tenían presente su actuación durante la toma de la ciudad apenas dos meses atrás, poniendo en orden el departamento (no la ciudad), organizándolo políticamente y nombrando como Jefe Político al doctor Doroteo Castillo, entonces reconocido ciudadano liberal jinotegano, quien como se sabe defeccionaría después.

Ahí mismo frente al pueblo y en medio de la euforia general de la población hace pública su decisión de pelear contra el yanki invasor y el gobierno pelele impuesto por ellos, haciéndolo saber simultáneamente por nota circular telegráfica al propio departamento de Jinotega y a los departamentos de Estelí y Nueva Segovia. La noticia fue bien recibida porque para la mayoría de los segovianos, conservadores y yankis eran la misma cosa. ¿Quién iba a dudar que Sandino lo haría?

Asentada su autoridad política y militar, preparado para la nueva guerra, el General Sandino lanza su primer Manifiesto, anunciando su decisión de luchar contra la invasión yanki a Nicaragua, pero asumiéndose desde entonces ciudadano latinoamericano, como lo explicitaría dos años después, en marzo de 1929, en su Plan de realización del supremo sueño de Bolívar.

En efecto el General Sandino dirige su primer “Manifiesto A los Nicaragüenses, a los Centroamericanos, a la Raza Indohispana”. Y Sandino tenía razón. Aun cuando los pueblos latinoamericanos y del Sur no hubiesen tenido conocimiento del Manifiesto, todos esos pueblos asumirían después como propia la lucha de Sandino.

Pero Sandino no lanza su Manifiesto desde Yalí, donde había lanzado su manifiesto a las autoridades civiles segovianas, sino desde San Albino, el uno de julio de 1927 —apenas seis días después de sus notas de Yalí. Quiso rescatar la imagen de San Albino como base inicial de su lucha, donde en octubre de 1926 reúne a los primeros hombres que lo acompañarían a lo largo de sus siete años de guerra, donde su gente le da el grado de General a pesar de que entonces era solamente un civil uniformado, donde reivindica y pone en práctica por primera vez en Nicaragua todo lo aprendido de la revolución mexicana. También es en San Albino donde se desarrolla como líder político nacionalista y antimperialista de Nicaragua, América Latina y de los pueblos del Sur, a quienes va dirigido el Manifiesto. Por esta razón este primer manifiesto público es conocido como Manifiesto de San Albino.

Conviene sin embargo subrayar que el General Sandino elige conscientemente el concepto manifiesto (escrito en que se hace pública declaración de doctrinas, propósitos o programas, según la Real Academia Española, RAE). Programa que marcaría para siempre la identidad nicaragüense, que le daría mejor expresión conceptual a esta identidad profundamente arraigada en el inconsciente colectivo, excepto la pequeñísima proporción que se siente de identidad yanki, americanistas como lo definió Adolfo Díaz, empezando por él mismo. Este es el texto del Manifiesto:

Manifiesto de San Albino

A los nicaragüenses, a los centroamericanos, a la raza indohispana:

El hombre que de su patria no exige un palmo de tierra para su sepultura, merece ser oído, y no sólo ser oído sino también creído.

Soy nicaragüense y me siento orgulloso de que en mis venas circule, más que cualquiera, la sangre india americana que por atavismo encierra el misterio de ser patriota leal y sincero.

El vínculo de nacionalidad me da derecho a asumir la responsabilidad de mis actos en las cuestiones de Nicaragua y, por ende, de la América Central y de todo el Continente de nuestra habla, sin importarme que los pesimistas y los cobardes me den el título que a su calidad de eunucos más les acomode.

Soy trabajador de la ciudad, artesano como se dice en este país, pero mi ideal campea en un amplio horizonte de internacionalismo, en el derecho de ser libre y de exigir justicia, aunque para alcanzar ese estado de perfección sea necesario derramar la propia y la ajena sangre. Que soy plebeyo dirán los oligarcas o sean las ocas del cenagal.

No importa: mi mayor honra es surgir del seno de los oprimidos, que son el alma y el nervio de la raza, los que hemos vivido postergados y a merced de los desvergonzados sicarios que ayudaron a incubar el delito de alta traición: los conservadores de Nicaragua que hirieron el corazón libre de la Patria y que nos perseguían encarnizadamente como si no fuéramos hijos de una misma nación.

Hace diecisiete años Adolfo Díaz y Emiliano Chamorro dejaron de ser nicaragüenses, porque la ambición mató el derecho de su nacionalidad, pues ellos arrancaron del asta la bandera que nos cubría a todos los nicaragüenses. Hoy esa bandera ondea perezosa y humillada por la ingratitud e indiferencia de sus hijos que no hacen un esfuerzo sobrehumano para libertarla de las garras de la monstruosa águila de pico encorvado que se alimenta con la sangre de este pueblo, mientras en el Campo Marte de Managua flota la bandera que representa el asesinato de pueblos débiles y enemiga de nuestra raza e idioma.

¿Quiénes son los que ataron a mi patria al poste de la ignominia? Díaz y Chamorro y sus secuaces que aún quieren tener derecho a gobernar esta desventurada patria, apoyados por las bayonetas y las Springfield del invasor.

¡No! ¡Mil veces no!

La revolución liberal está en pie. Hay quienes no han traicionado, quienes no claudicaron ni vendieron sus rifles para satisfacer la ambición de Moncada. Está en pie y hoy más que nunca fortalecida, porque sólo quedan en ella elementos de valor y abnegación.

Si desgraciadamente Moncada el traidor faltó a sus deberes de militar y de patriota, no fue porque la mayoría de los Jefes que formábamos en la Legión del Ejercito Liberal fuéramos analfabetas, y que pudiera, por ese motivo, imponernos como emperador su desenfrenada ambición. En las filas del liberalismo hay hombres conscientes que saben interpretar los deberes que impone el honor militar, así como el decoro nacional, supuesto que el Ejército es la base fundamental en que descansa la honra de la Patria, y por lo mismo no puede personalizar sus actos porque faltaría a sus deberes.

Yo juzgo a Moncada ante la Historia y ante la Patria como un desertor de nuestras filas, con el agravante de haberse pasado al enemigo

Nadie lo autorizó a que abandonara las filas de la revolución para celebrar tratados secretos con el enemigo, mayormente con los invasores de mi Patria. Su jerarquía le obligaba a morir como hombre antes que aceptar la humillación de su Patria, de su Partido y de sus correligionarios.

¡Crímenes imperdonables que reclama la vindicta!

Los pesimistas dirán que soy muy pequeño para la obra que tengo emprendida; pero mi insignificancia está sobrepujada por la altivez de mi corazón de patriota, y así juro ante la Patria y ante la historia que mi espada defenderá, el decoro nacional y que será redención para los oprimidos.

Acepto la invitación a la lucha y yo mismo la provoco y al reto del invasor cobarde y de los traidores de mi Patria, contesto con mi grito de combate y mi pecho y el de mis soldados formarán murallas donde se lleguen a estrellar legiones de los enemigos de Nicaragua. Podrá morir el último de mis soldados, que son los soldados de la libertad de Nicaragua, pero antes, más de un batallón de los vuestros, invasor rubio, habrán mordido el polvo de mis agrestes montañas.

No seré Magdalena que de rodillas implore el perdón de mis enemigos, que son los enemigos de Nicaragua, porque creo que nadie tiene derecho en la tierra a ser semidiós.

Quiero convencer a los nicaragüenses fríos, a los centroamericanos indiferentes y a la raza indohispana, que en una estribación de la cordillera andina, hay un grupo de patriotas que sabrán luchar y morir como hombres, en lucha abierta, defendiendo el decoro nacional.

Venid, gleba de morfinómanos; venid a asesinarnos en nuestra propia tierra, que yo os espero a pie firme al frente de mis patriotas soldados, sin importarme el número de vosotros; pero tened presente que cuando esto suceda, la destrucción de vuestra grandeza trepidará en el Capitolio de Washington, enrojeciendo con vuestra sangre la esfera blanca que corona vuestra famosa White House, antro donde maquináis vuestros crímenes.

Yo quiero asegurar a los Gobiernos de Centro América, mayormente al de Honduras, que mi actitud no debe preocuparle, creyendo que porque tengo elementos más que suficientes, invadiría su territorio en actitud bélica para derrocarlo. No. No soy un mercenario sino un patriota que no permite un ultraje a nuestra soberanía.

Deseo que, ya que la naturaleza ha dotado a nuestra patria de riquezas envidiables y nos ha puesto como el punto de reunión del mundo y que ese privilegio natural es el que ha dado lugar a que seamos codiciados hasta el extremo de querernos esclavizar, por lo mismo anhelo romper la ligadura con que nos ha atado el nefasto chamorrismo.

Nuestra joven patria, esa morena tropical, debe ser la que ostente en su cabeza el gorro frigio con el bellísimo lema que simboliza nuestra divisa Rojo y Negro y no la violada por aventureros morfinómanos yankees traídos por cuatro esperpentos que dicen haber nacido aquí en mi Patria.

El mundo sería un desequilibrado permitiendo que sólo los Estados Unidos de Norte América sean dueños de nuestro Canal, pues sería tanto como quedar a merced de las decisiones del Coloso del Norte, de quién tendría que ser tributario; los absorbentes de mala fe, que quieren aparecer como dueños sin que justifiquen tal pretensión.

La civilización exige que se abra el Canal de Nicaragua, pero que se haga con capital de todo el mundo y no sea exclusivamente de Norte América, pues por lo menos la mitad del valor de las construcciones deberá ser con capital de la América Latina y la otra mitad de los demás países del mundo que desean tener acciones en dicha empresa, y que los Estados Unidos de Norte América sólo pueden tener los tres millones que les dieron a los traidores Chamorro, Díaz y Cuadra Pasos; y Nicaragua, mi Patria, recibirá los impuestos que en derecho y justicia le corresponden, con lo cual tendríamos suficientes ingresos para cruzar de ferrocarriles todo nuestro territorio y educar a nuestro pueblo en el verdadero ambiente de democracia efectiva, y asimismo seamos respetados y no nos miren con el sangriento desprecio que hoy sufrimos.

Pueblo hermano:

Al dejar expuestos mis ardientes deseos por la defensa de la Patria, os acojo en mis filas sin distinción de color político, siempre que vengáis bien intencionados para defender el decoro nacional, pues tened presente que a todos se puede engañar con el tiempo, pero con el tiempo no se puede engañar a todos.

Mineral de San Albino, Nueva Segovia, Nicaragua, C. A., julio 1 de 1927.

Puede descargar el Manifiesto en Word o PDF:

Manifiesto de San Albino (Word)

Manifiesto de San Albino (PDF)

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